Cuando nos vestimos para impresionar

Cuando nos vestimos para impresionar

Ernesto J. Armenteros

Mi padre me tenía subido en sus hombros para que pudiera ver por encima de las cabezas de las personas que se habían acumulado a lo largo de La Diagonal en Barcelona, España. Esperábamos que el caudillo Francisco Franco pasara.

Después de un rato de espera, su presencia se sintió anticipadamente con los gritos de los espectadores: ¡Arriba España!, ¡Arriba Franco! A los pocos segundo pasó delante nuestro, impávido como si fuera una estatua, el caudillo Franco de pie en una limosina abierta, con un uniforme militar cubierto de medallas y, lo más impresionante de todo, una escolta presidencial de decenas de moros gigantescos, a galope tendido, vestidos de flamantes túnicas blancas portando larguísimas lanzas, en cuyos penachos hondeaban banderas. Los caballos eran enormes, briosos, todos del mismo color. Aquel desfile era una obra teatral en donde los uniformes, vestimentas y colorido -el blanco y el negro son colores-, dejó una impresión imperecedera en mi mente. De este evento hace más de sesenta años. Yo apenas tenía unos seis.

Mientras el caudillo Franco hacía ostentación de sus uniformes, galas, desfiles, guardia mora, palacios; otro dictador, heredero de no tanta tradición, pero también de ego gigantesco, se vestía con un tricornio, que posiblemente no se había usado desde que Nelson, el célebre almirante inglés, lo luciera en la batalla de Trafalgar. Posiblemente por lo impráctico que sería mantenerlo en la cabeza cuando soplaban las brisas marinas. Este otro dictador era nuestro Trujillo. El Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Nuestro dictador era tan adicto a los uniformes vistosos y las medallas desde niño que era secretamente conocido como “Chapita”. El apodo le viene porque cuando niño le quitaba el corcho que entonces traían los tapones de refresco y se enganchaba las tapitas de las botellas de la camisa empujando el corcho nuevamente dentro de la tapita. Estas eran sus medallas cuando se vestía de militar, aun siendo niño. Esto le ganó el apodo de “Chapita”, pero pobre del infeliz que lo decía y era chivateado por un “calié”, que es como se denominaba despectivamente a los policías secretos, los posteriormente llamados esbirros de la dictadura. Trujillo no se tomaba a la ligera las críticas o denostaciones a su persona.

Las vestimentas militares y diplomáticas de aquellos tiempos eran particularmente simbólicas de los dictadores y militares, debido a la comunidad de regímenes autoritarios, dictatoriales y represivos. Todavía el estilo tiene sus adictos. Las vestimentas que utilizaban Trujillo y Franco también las utilizaban Hitler y Mussolini. Ambos eran particularmente adictos al teatralismo. Cuando vemos los documentales de las manifestaciones populares de la Alemania de Hitler no podemos menos que quedarnos boquiabiertos ante el espectáculo que ensamblaba el partido Nazi, aun habiendo transcurrido más de setenta años (circa 1935) de aquellos eventos. La esvástica hondeaba en miles de astas que soportaban decenas de miles de jóvenes impecablemente vestidos en uniformes militares. Los oficiales nazis eran verdaderos dandis de la milicia. Abrigos de piel hasta la rodilla, y desde la impecablemente diseñada pistola Luger hasta los rígidos quepis con el frente levantado y la insignia nazi, en algunos casos, para mayor dramatismo, adornado con una calavera en el hombro y unos símbolos de rayos en el cuello. Toda aquella parafernalia era un espectáculo imponente que tenía como objetivo atemorizar al resto de la humanidad y promover como verdad universal la superioridad de la raza germánica sobre todas las otras. Fundamento místico del nazismo para invadir el resto de Europa, Alemania, África, cometer el genocidio judío y llevar al mundo a la Segunda Guerra Mundial.

La proclividad a los disfraces militares de los nazis fue adoptada por otros regímenes absolutos de la época y surgieron...

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