Las aventuras de Juan Pablo

Páginas46-50
AutorJuan Francisco Vizcaíno Cadete,Ekert Iván Medina,Mackiris Mateo
Las aventuras de Juan Pablo
n un campo de Salcedo vivía nuestro pequeño pero gran héroe: Juan
Pablo, quien era hijo de un militar y una maestra retirada. Juan Pablo,
de ocho años, nunca había ido a la escuela. Desde sus primeros años
de vida había sido educado en casa por su madre. Esto es debido a
que, por el trabajo de su padre, debían mudarse con frecuencia a diferentes
provincias; así el niño no podía estudiar en una escuela con estabilidad.
Su padre, en esa ocasión, fue designado como jefe militar del pueblo, por lo
que pasarían un largo periodo viviendo allí. Entonces decidieron que ya era el
momento de que el pequeño Juan Pablo entrara a una escuela y conociera a
otros niños de su edad para hacer amigos.
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Su madre, preocupada de que el pequeño no se adaptara, averiguó, dentro de sus
vecinas, cuáles niños eran de la misma edad de Juan Pablo, para poder presentar
su hijo a los de las demás, y que ellos hicieran sentir a Juan Pablo como en
casa.
Así, Juan Pablo conoció a José Abel, el hijo de una vecina. José Abel era un
niño despiadado y cruel, cosa que ni su madre ni la de Juan Pablo sabían, ya
que siempre lo veían con muchos niños y todos parecían respetarle. La mamá de
Juan Pablo, sin conocer esto, le dijo a su hijo frente a José Abel:
—Él es tu nuevo amigo. Compórtate. Haz lo que te diga y hazme sentir
orgullosa.
Juan Pablo, como niño obediente, entendió lo que dijo su madre. Siguió a José
Abel hacia la escuela e hizo todo lo que el pidió. José Abel decía: «salta» y
Juan Pablo saltaba. Cargó sus libros, hizo sus tareas y escuchaba todo lo que
él le decía, como si fuera su sirviente. Y así lo hacían todos los demás niños,
porque José Abel era grande, de voz fuerte y envolvía a todos para que hicieran
lo que él ordenaba. Siempre decía:
—Yo, José Abel, soy el dueño de todo. Todos me pertenecen. Deben obedecerme,
si no, les daré una paliza.
Todos los niños vivían asustados, pero nadie decía nada. Nuestro pequeño Juan
Pablo era quien peor lo pasaba, porque José Abel sentía en su interior miedo
hacia Juan Pablo, porque éste era inteligente, muy amable y excelente deportista.
Juan Pablo no sabía eso, por eso vivía triste. Lloraba siempre camino a casa, para
que su madre no lo viera.
Un día, de camino a casa, Juan Pablo se escondió detrás de un árbol del parque
para que nadie lo viera y se puso a llorar desconsoladamente. No sabía cómo
decirles a sus papás que no quería volver a la escuela. De repente, se le acercó un
anciano y le preguntó:
—¿Qué haces ahí?
El pequeño Juan Pablo rápidamente le dijo que no podía hablar con extraños y
que lo dejara solo. El anciano le dijo:
—Muy bien, muchacho, es cierto, yo soy un extraño; pero quería decirte que
nadie tiene derecho a hacerte daño ni a decirte que no seas quien eres. Te he
visto varios días de camino a la escuela y noto que no te tratan muy bien.
Juan Pablo le respondió:
—No sé qué es eso de derecho, pero se supone que debo obedecer.
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El anciano le enseñó:
—¡Exacto! ¡Ese es el problema! ¡No sabes lo que es un derecho! No sabes lo
que mereces, y el que no conoce es como el que no ve. Pero la Constitución,
¡todos debemos conocerla! ¡Eso te hará libre!
Cuando el pequeño escuchó eso, le preguntó al señor:
—¿Y qué es eso de derecho? ¿Qué es la Constitución?
El anciano sacó un pequeño libro de su bolsillo y le dijo:
—Ten, esto es lo que necesitas.
Decepcionado, Juan Pablo le dijo:
—Pero esto es solo un libro. ¿Cómo seré libre de José Abel con un libro?
El anciano le contestó:
—Es más que un libro: la Constitución es la ley más importante y fundamental
del país. Ella organiza todo y guarda un capítulo para los derechos. ¿Cómo puedes
exigir la protección de lo que no conoces? Los derechos son para todos los
humanos, sin distinción. Nadie puede ni debe quitártelos. Los derechos de ese
niño no pueden estar por encima de los tuyos.
Juan Pablo estaba maravillado. Tomó la Constitución, corrió a casa y entró a su
habitación a leer. Ahí vio un título que hablaba de derechos y deberes. Supo que
no tenía que ser esclavo, porque el artículo 41 decía: «Se prohíbe la esclavitud
en todas sus formas». Aprendió que podía decir lo que pensaba y que podía
jugar, hacer amigos y ser quien era, pues era libre de desarrollar su personalidad,
siempre que no afectara a los demás.
Entendió que él no estaba siendo desobediente, sino que hacía lo que José
Abel le mandaba. Tenía que hacer valer sus derechos, que nadie podía ni debía
arrebatárselos, y que, si sucedía, podía ir a la justicia, o donde su profesora, que
era la autoridad del curso.
Al otro día, su madre se dio cuenta de que el pequeño Juan Pablo estaba feliz de
ir a la escuela. Le preguntó:
—Mi amor, te veo más contento. ¿Algo que tengas que decirle a mami? Los
demás días, no te he visto tan contento.
Él le respondió:
—Mamá, yo siempre seré obediente de los mayores y a la autoridad, pero solo si
no me hace daño, ¿verdad?
Ella respondió:
—Claro, mi amor, siempre tendremos deberes; pero también hay recompensas, lo
importante es saberlo y actuar correctamente.
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Rápidamente, Juan Pablo corrió a la escuela. Justo a mitad del camino lo
esperaba José Abel para que cargara su mochila y para que le diera el desayuno
que Juan Pablo llevaba en su lonchera. Juan Pablo decidió ignorarlo. José Abel lo
persiguió todo el camino, diciéndole que, si no se detenía, le daría una paliza.
En ese momento, Juan Pablo se detuvo y le dijo:
—Yo no tengo que obedecerte. Estás en contra de la Constitución. Yo tengo el
derecho a ser libre.
José Abel, enojado, le gritó:
—¡Ya vas a ver lo que te va a pasar!
Pero Juan Pablo lo confrontó:
—No pasará nada. Y si me golpeas, te acusaré.
José Abel se enojó aún más y mandó a los demás niños a que agarraran a Juan
Pablo para golpearlo. Juan Pablo se defendió:
—¡No se dejen engañar! Tomen las hojas de mi mochila, ¡vean sus derechos!
José Abel es malo y quiere dividirnos. Somos más, y si tenemos voluntad,
¡seremos libres!
Al oír esto, todos empezaron a leer. Se dieron cuenta de que Juan Pablo tenía
razón.
José Abel quiso golpear a Juan Pablo, pero todos lo
impidieron. Aquel empezó a gritar que todos se la
pagarían, que los golpearía como siempre.
En ese momento apareció la profesora y lo tomó:
—José Abel, ¿qué es esto? No puedes amenazar a tus
compañeros, vendrás conmigo y hablaremos con tus
padres.
Y se lo llevó. Todos los niños estuvieron felices, porque
nalmente José Abel fue descubierto. Ya podrían jugar
tranquilos.
Juan Pablo, muy agradecido, decidió ir al parque a ver
si encontraba a su anciano amigo. Quería contarle todo
lo que había sucedido. Sin embargo, el señor nunca
apareció. Se le ocurrió entonces hojear la Constitución
que él le había regalado, a ver si encontraba algún
número de teléfono para poder contactarle. Fue cuando
se llevó una gran sorpresa: en la última página se
encontraba una foto, en la que aparecía el anciano,
pero más joven, y tomado de su mano estaba un niño
como de la misma edad de Juan Pablo.
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Ese niño, por fotos viejas que había visto en su casa, Juan Pablo podía reconocer
que era su papá. La foto tenía manuscrito un párrafo, fechado del mismo día en
que vio al anciano, pero en diferente año. El párrafo decía:
«Sed justos lo primero, si queréis ser felices. Ese es el
primer deber del hombre; y sed unidos, y así, apagaréis
la tea de la discordia y venceréis a vuestros enemigos;
y la patria será libre y salva. Yo obtendré la mayor
recompensa, la único a la que aspiro, al veros libres,
felices, independientes y tranquilos» (Juan Pablo
Duarte).
Allí, el niño entendió: «Las luchas por los
derechos siempre han existido, y no hay batallas ni
ideales pequeños cuando se lucha por lo que es justo y
correcto».
Carmen Laura Ureña Polanco
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