Carta a Leonel

 
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Carta a Leonel

José Luis Taveras

He estrechado tus manos en dos ocasiones. Es posible que no tengas memoria de tales momentos como yo; para tí, fue un frío y rutinario protocolo; para mí, una alta honra.

De todas formas debo confesarte que fui vecino de tus ideas y sueños cuando Bosch te señaló como líder. Eran tiempos de entrañables idealismos y supremas vocaciones cívicas.

Nunca pensé que llegarías tan lejos, y no por el estigma social que nunca perdonó tu afro, el Volkswagen o Villa Juana, sino porque demostraste convincentemente que en una sociedad de exclusiones gratuitas el talento todavía retribuye.

Eso me hace sentir orgullosamente expresado en tu historia.

Te perdoné lo del Frente Patriótico, ya que para ese momento eras una afortunada víctima de una coyuntura histórica irrepetible. A pesar de que llegaste de la mano del pasado más sombrío, entendí que la fuerza dialéctica de la historia es avasallante y su inexorable designio te reservaba ese momento. Ya en el poder, te creí con devoción religiosa la sinceridad de tus promesas y la altura de tus compromisos.

A pesar de tus ataduras políticas, fue una gestión sino ideal, posible, aunque quedaron desiertas muchas expectativas sociales.

La nación te revalidó el mandato por segunda vez. En esta ocasión llegaste por tus propios méritos y fuerzas, sin más compromisos que tus ideales. Dios te brindó la singular oportunidad de hacer un gobierno de ensueño, a pesar de la crisis.

Era el tiempo ideal para lanzar una agenda social histórica, donde la educación fuera el eje y el sistema de salud por fin rescatado. Pero el demonio del poder turbó tus intenciones y despertó tus apetencias; pensaste, entonces, en un gobierno inmediatista de dividendos políticos y no de trascendencia humana. La locura monumental que tanto le criticaste al modelo balaguerista lo asumiste. Así, a pesar de tu retórica de futuro, las estadísticas mundiales nos sitúan como una nación paria en niveles de educación y nuestro sistema de salud pública sigue siendo una verdadera afrenta. Eso no te lo perdono.

Alguien debe decirte que el juego de parecerte a Balaguer no te...

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