La delincuencia bancaria

 
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"La delincuencia bancaria, memoria contra el olvido"

José Luis Taveras

Este trabajo lo dedico a los desvelados oyentes de las interceptaciones telefónicas, oficio tan anónimo como noble que ha levantado dignamente el velo de la privacidad para transparentar la moral doblada de nuestros tiempos. Gracias por escuchar todos los días mis resabios, desatinos e intimidades.

La conciencia moral dominicana pierde progresivamente sensibilidad para asumirse y discernimiento para reconocerse. Su deterioro, que empezó como una simple expresión social episódica, agota hoy sus reservas residuales. Este proceso de degradación se incubó en las élites políticas hace algo más de tres décadas y ya corroe toda la base social. No se trata de una institucionalidad en crisis sino de una sociedad amoral.

Quizás una de las pruebas más patéticas de esa insensibilidad la constituye la pérdida del sonrojo social frente a una de las estafas más groseras de toda nuestra historia: el fraude bancario del año 2003.

Esta ha sido la catástrofe más aterradora que archive nuestra memoria moral en todos los tiempos. Lo penoso es que sus efectos superaron exponencialmente la percepción social como resultado de una metódica manipulación activada desde el mismo centro del establishment. El manejo anestésico de la crisis tuvo como insumo la politización del proceso de juzgamiento como forma de desacreditarlo y descalificar así la sanción a los responsables directos del fraude. De hecho, en ausencia de la presión de los organismos internacionales de financiamiento, este crimen hubiera pasado como una quiebra inducida y tramada desde el Estado y no como lo que siempre fue: delincuencia mafiosa.

La historia tiene tantas versiones como intereses en juego; lo único que quedó claro fue el costo político que constituyó para Hipólito Mejía haber tomado la decisión de denunciar y perseguir a sus intocables actores. Uno de los más claros aciertos del exgobernante lo convirtió en víctima de una campaña de disminución moral y política jamás padecida por un exmandatario. Así, cualquiera que ose reivindicar su coraje se expone al calificativo de "pepeachista", condición más ignominiosa que ser judío en la Alemania nazi o negro en la Alabama de hace cinco décadas. Claro, el defensor legal del exbanquero jugaba la ambigua condición de aliado político y funcionario de un gobierno que tuvo que continuar casi forzosamente con el "desacierto de Mejía", y no precisamente por voluntad propia, sino por la celosa vigilancia internacional y la autonomía de una administración monetaria y financiera audaz y responsable que, contra viento y marea, tuvo que enfrentar intereses políticos muy arraigados en su propio gobierno hasta llevar a Najayo a sus más notables inquilinos.

La realidad es que la devastación sufrida por nuestra economía, como consecuencia del rescate financiero, todavía persiste, echando por la borda un crecimiento sostenido del producto interno bruto (PIB) por casi una década y la posibilidad de superar algunos índices de subdesarrollo. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial, solo por el caso BANINTER aumentó en un 50 % el número de pobres en el país, registrando así un millón y medio de indigentes, de los cuales 670,000 alcanzaron un nivel de pobreza extrema. Es decir que entre un 12 a un 15 % de la población pasó de ser pobre a muy pobre o indigente, como secuela del...

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