El Ejercicio de la Abogacía

 
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"El Ejercicio de la Abogacía"

Roberto Antonio Gil López

Notas de la simplificación de una profesión

Para los abogados no tan noveles, el ejercicio se ha transformado en un panorama cada vez menos monótono. Cada día hay que admitir que ocurren eventos nuevos que rompen con lo esperado, aun cuando los casos y la gente que acude a los tribunales refieran los mismos formatos de reclamo y de alegaciones. En términos razonables, la administración de lo justo, la aplicación de la ley y sus escenarios siguen siendo lo mismo, empero sus actores no reportan ser tan iguales.

El quid de la novedad reside en la cada vez más cambiante ola de egresados universitarios que habitan hoy las barras del litigio, cuyos modos y caracteriología amenazan con extinguir el más profundo recuerdo de las maneras clásicas del ejercicio. Hoy, con aterrador escándalo, la práctica se divorcia de la teoría, como por venganza, haciendo en oportunidades tan distante la una de la otra que en algunos casos se ve a los novicios reencontrar las fórmulas de Derecho en las películas del Oeste; se han constituido en un territorio de nadie, sin ley, los escenarios que antes se usaban para discutir Derecho. Los argumentos presentados por los togados negros con borlas blancas son cotidianamente circunstanciales, desprovistos de toda base legal, como si en la pendencia se hubiera más metido el alma de un barrio que el aporte decisivo de los códices.

Lo que no puede discutirse es que las últimas diez generaciones de abogados cuentan con dos aspectos denunciados y casi uniformes: a) ha de reconocerse que son muchos, y b) ha de considerarse que su inacabado nivel de instrucción es elemental.

Agradezco que alguno que otro lector se sienta ofendido si pertenece al rango de edades profesionales estudiado, sírvase, en

tal sentido, asumir la embajada de excusarme por ante usted y hacerse conocedor de que es uno de aquellos que por excepción confirma la regla. El sólo hecho de dolerse frente a las anteriores y posteriores crónicas lo indica de manera sobrada y lo excluye temporalmente de lo que de cierto tienen estas parrafadas.

Sírvanse, en otro orden de excusas, muy especialmente, acusar que los desmanes de la profesión, además son admisibles y evidenciables en otras generaciones, pero debemos admitir que en menor proporción a lo que actualmente es nuestro día a día, por ello, no parece ser buena explicación de nuestro estado actual el decir que en todo tiempo hubo jurisperitos brillantes, brillosos y opacos como el lignito sin tallar.

Volviendo a las condiciones, esos aspectos parecen ir arropando lo que en principio era la ejercitación de las ciencias jurídicas a la imagen de la ley, y este exterminio no puede, como ocurre en otros campos, ser vestido con el manto de la modernidad y aplaudirse.

Estamos cruzando, quizás drásticamente, por un trecho dificil de comprender que tiene como destino la simplificación del Derecho por desconocimiento, cosa que en muchas oportunidades es una plena negación del establecimiento jurisdiccional de lo justo, por no encontrar la administración en los profesionistas los méritos suficientes de ser auxiliares de la justicia, ni las voces consistentes con un formato probatorio encadenado a la tenencia o conservación de las reclamadas prerrogativas de sus auspiciados.

¿Quiénes son los abogados de hoy?

Estoy convencido de que la carrera de Derecho en todas partes del mundo está en superdemanda, por lo que en su seno se cuelan los óptimos, los buenos y los rechazables. Este fenómeno no es tan sólo un pasatiempo nacional, sino que es compartido.

Esta hipertrofia, casi inexplicable, sin ofender a muchos, se demuestra incluso en documentos recientes. En uno de los diálogos de la película norteamericana El Abogado del Diablo, el legisperito le preguntó a su cliente porqué había elegido un abogado para representarle en sus maniobras en la tierra de los vivos. El Diablo, sin mayor razonamiento, le expresó que como el objeto de su presencia entre los humanos era para el consumo masivo debió elegir la población que contaba con mayor número de personas, y es que el mundo está lleno de abogados y de estudiantes de leyes.

En la República Dominicana, si se quiere probar esto, sólo usted debe pasearse por cualquier ciudad o sección, y estoy seguro que con cualquier material logrará ver escrito, en una pared, con letras de bronce, con una alegoría de Temis o con mera pintura de colores una oferta de servicios legales. Los hay en cuarta planta, lejos del palacio de justicia, amontonados en el mercado, en cualquier calle, cerca de prostíbulos, en elegantes edificios, en plaza de compras y hasta en la parte posterior de una banca de pelota, sin faltar aquellos despachos que teniendo un solo escritorioofertan servicios de seis, ocho y diez abogados que se turnan al momento de recibir sus escasas clientelas.

Otra muestra es la nómina que sustenta la Suprema Corte de justicia, que cada mes, dos veces, y que cuenta con aquellos que solicitan ser juramentados por cantidades que superan los cientos de nuevos profesionistas de la rama. Por la limitada capacidad de la sala de audiencias, el tribunal fija las juramentaciones actualmente hasta con ocho meses de distancia de sus solicitudes, simplemente porque el cupo está lleno, supongo, que si la cosa sigue como va, el tribunal preferirá hacer sus juramentaciones de carácter colectivo, y deberá elegir el Estadio Quisqueya para que pueda albergar a los que jurarán cumplir con las leyes que desconocen.

Un abogado mocano, de grata recordación, decía que ya se había acostumbrado a decirle a todo el mundo doctor, porque si no lo era, no se molestaría, ya que le faltarían, de seguro, a lo más algunas materias para ser abogado.

No digamos de la creciente ola de diplomados, cursillos, entrenamientos que se ofertan en el país hasta de los puntos más simples del contenido legal, que reúnen a personas que por desdicha coleccionan diplomas y certificaciones para adornar sus paredes, nada más. El asunto ha devenido a ser un negocio lucrativo, no porque el saber esté de moda sino porque los clientes que califican para ellos son muchos. Esto es tan cierto que en todas las propagandas de los cursos es necesario poner que habrá certificado, mas nunca es necesario determinar los puntos a tratar, como si el papel fuere el objeto del curso colofonado con el refrigerio.

En verdad, hay tantos abogados fuera del ejercicio cotidiano como...

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