La experiencia que cada día se improvisa

 
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La experiencia que cada día se improvisa

Manuel A. Rodríguez

De la misma manera que todo dominicano tiene un primo en el extranjero, hoy todos los dominicanos conocen a otro que ha sido atracado.

La Policía como órgano y función del Estado es representada por los cuerpos y fuerzas encargados de asegurar de modo coactivo el orden, la seguridad y la salubridad pública, investigar el delito y prevenir la delincuencia.

Es una de las prioridades del Estado para que exista un Estado de Derecho. Por ello, cuando esto no sucede al pie de la letra, deficientemente, o cuando se logra con costos muy elevados, lo último que puede hacer una sociedad civilizada es cruzarse de brazos y ser indiferente. De ahí la legitimidad de las reacciones y quejas sociales en llamado de auxilio, rectificación y denuncia de la anormalidad ocurrente.

Téngase presente que la imperfección de la función policial como función del Estado, sea por ineficiencia de desempeño, incapacidad técnica, incongruencias operacionales, muchas veces barbaridades, desatinos, errores, porqué no, pero sobre todo abusos, excesos de poder tan inconcientes como premeditados, locuras para los testigos racionales, frustración para las víctimas, orgullo para el victimario, actuaciones protagonizadas, desafortunadamente, por ese cuerpo del Estado llamado a mantener el orden y el respeto a la ley, a prevenir y perseguir la criminalidad, no es un maleficio exclusivo de la República Dominicana.

De hecho, la disconformidad social de los ciudadanos, en la mayoría de los casos víctimas de la disfuncionalidad policial, no es un problema endémico de los países en vías de desarrollo.

Así, por ejemplo, en los Estados Unidos entre otras acusaciones subsidiarias, principalmente, se escucha decir que “los policías son corruptos y viles”, prima “the police brutality” 1, abusan de sus poderes, actuando con agresión y violencia desproporcionada, de ahí los llamados pigs, según repite el inglés vulgar, callejero o del ghetto.

De dicha realidad no existe mejor prueba que los testimonios “rapeados” por cantautores como Chuck D,IceT, Krsone, NWA, Mos Def, Talib Kweli, Dead Prez, entre otros que como Kanye West, afamado cantautor ganador de casi una decena de estatuillas en las últimas tres celebraciones de los premios Grammys, quienes prefieren maldecir la policía como mensaje central de sus composiciones, sin distinción alguna, antes que callar con indiferencia.

En Europa, con el mismo tono que en Norteamérica, se dirá que son “racistas”, que entre ellos prima la discriminación en todos los sentidos del concepto (y los conflictos acontecidos en Francia a finales del año 2005, o las recurrentes situaciones capturadas por cámaras ocultas en comisarías españolas, en ambos casos en detrimento de inmigrantes, son la mejor prueba de ello).

Aún en América Latina, región de marcada heterogeneidad social, se afirma con frecuencia que los males que obstaculizan la eficiencia policial son la consecuencia inmediata de la falta de recursos y tecnificación debida por el Estado; de ahí que se convierta en un centinela que sucumbe ante la superioridad del crimen organizado, muchas veces patrocinado por el mismo órgano de la fuerza pública.

Lo que se ha convertido en algo definitivamente singular, cada día más propio, diría que con un carácter casi endógeno a la realidad policial de la República Dominicana, en comparación con sus homólogos Estados de corte democrático, y partiendo de los costos que asumimos como sociedad que pierde progresivamente su confianza en la Policía Nacional como encargada de controlar los índices ascendentes de la delincuencia, resultado de la ineficiencia e incapacidad operativa del Estado, no obstante las inversiones derrochadas en la materia sin resultados satisfactorios, es que nuestros agentes del orden “son brutos”, y “brutos” en razón a su estado de ignorancia extrema, sin duda alguna el peor de todos los males que puede sufrir quien tiene la encomienda de tan delicada y áspera función pública.

Esto último así, porque siendo “brutos” son tan corruptos como lo han sido los gringos, abusadores como los europeos discriminantes, e ineficientes como los vecinos de la región latinoamericana.

Aquí no sólo vale eso de que “el mal comío no piensa”, a propósito de los paupérrimos salarios que reciben los policías; se trata de un problema estructural, sistémico y sistemático, un tronco torcido y atrofiado por una historia de autoritarismo, caudillos, dictadores y tiranos sanguinarios.

¿Por qué brutos y no simplemente ignorantes? Porque la ignorancia es el género y la brutalidad el grado máximo de ignorancia. El ignorante puede no ser bruto, pero el bruto es necesariamente un gran ignorante, en este caso peligroso ignorante, casi o de igual trascendencia que el psicópata prófugo del centro psiquiátrico.

La brutalidad supone barbarie, el más primitivo de los estadios del hombre. Ahí precisamente están los policías de la sociedad dominicana, individuos muchas veces bien intencionados con servir y proteger para el Estado, pero que una vez nombrados, uniformados y juramentados, por misterio al parecer inexplicable, se convierten en oficiales “brutos”,amenazas sociales, que en la medida que cortan la cizaña, en ejercicio de su función pública, destruyen parte del trigo que tienen por delante.

No es que quienes son nuestros agentes policiales sean incapaces o inútiles para incursionar con eficiencia profesional en determinada plaza laboral de manera que puedan percibir el sustento de forma honrada y legítima, pero sí unos analfabetos funcionales para ser los representantes del orden y la ley en la sociedad.

Cada quien debe ser valorado según las circunstancias particulares de la función y escenario en que la vida lo ha colocado.

Uno de nuestros tantos gendarmes, fuera de las filas policiales puede con facilidad representar la eficiencia y la ejemplaridad laboral, exhibir elevados niveles de inteligencia, y obrar sin limitaciones sobre los parámetros de efectividad de su caso. Mas, portar armas, disparar contra el presunto “malo” cuando la necesidad así lo imponga, dependiendo de estos la seguridad pública, y la desarticulación de la criminalidad, demuestra definitivamente no ser la vocación de los que hoy ejercen dicha encomienda.

En el Siglo XXI no es posible que el grado de educación de un policía, como de cualquiera otro dominicano, se limite a la posibilidad de leer, contar y escribir, y para suma lamentable, esto, independientemente de la titulación que acredite su formación académica.

Siempre me preguntaba: ¿qué hacen de los cadetes al salir exitosamente graduados de las academias, esas jóvenes promesas llamados, en el menos exigente de los casos, a colaborar con su acabada preparación a luchar de la mano de los “enganchados” y “asimilados” por la inhibición del delincuente? La respuesta no me fue difícil encontrarla, tan pronto empecé a tener contacto con las instituciones públicas: los hacen oficinistas, administradores, profesionales que se distinguen de los demás sólo cuando extraordinariamente deben, por razones determinadas, muchas y casi todas las veces de su conveniencia, presentar calidades oficiales.

Quien podría negar que la Policía Nacional es sin más ni menos la policía de cuarteles, la patrullera y lasecreta, loque contrasta muchas veces la retórica verborrea de que quienes dan la cara: los funcionarios, los de alto rango, alternados periódicamente con...

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