Francisco ¿La perestroika vaticana?

 
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"Francisco ¿La perestroika vaticana?"

José Luis Taveras

A la otra Iglesia: la del barrio y del motoconcho, de presencia anónima y fe polvorienta"

Algunos entendidos hablan de la "Era de Francisco", el papa que promete iluminar una oscura historia de complicidad clerical tejida en el silencio. Por eso no es casual que su pontificado naciera de la renuncia de otro, hecho que no había sucedido desde el año 1415, cuando Gregorio XII se vio obligado a dimitir por imposición de Segismundo, emperador del sacro Imperio romano germano.

A sus 85 años y con una vida cansada, Benedicto XVI entendió que sus extenuadas fuerzas jamás podían solventar la crisis que estremece los cimientos del gobierno eclesiástico. Abrumado por los escándalos y ante la presión de la curia romana, el "otro Papa" prefirió arrinconarse en el claustro monástico antes que lidiar con los demonios de la ambición aposentados en el alto clero o, usando las palabras del papa Francisco, "las ambiciones de carrera, la atracción del dinero y los compromisos con el espíritu moderno" (Discurso del 23 de mayo de 2013 ante la Conferencia Episcopal italiana en el Vaticano).

Francisco no solo recibió el trono pontificio, sino el desafío de convertirse en el gran reformador de una institución moralmente postrada e ideológicamente rezagada. Los escándalos de sus líderes han corroído su milenario hermetismo ante la mirada escéptica de una feligresía despavorida. Las muestras retóricas del primer papa latinoamericano han sido elocuentemente alentadoras, sobretodo cuando en tono enérgico ha emplazado al clero a dejar de ser "perezosos e indiferentes", censurando su conducta mundanal orientada más a obrar "por sí mismos, por la organización y por las estructuras, que por el verdadero bien del pueblo de Dios". En una Iglesia tradicionalmente reacia a la autocrítica pública, este incisivo llamado luce esperanzador, pero no deja de revelar la hondura de la crisis.

Algunos teólogos católicos críticos, como el suizo Hans Küng, en su más reciente obra: En la situación actual no puedo guardar silencio (Piper Verlag, Alemania), opinan que la Iglesia católica se encuentra inmersa en una crisis "terminal" marcada por la censura, el absolutismo y las esclerosadas estructuras autoritarias. Para él, el modelo del sistema romano introducido en la reforma gregoriana, en honor a Gregorio VII, que incorporó el absolutismo papal –según el cual el pontífice, como autoridad vicaria e infalible, tiene la última palabra– es la base histórica de la crisis estructural de la Iglesia, que crea un cisma insalvable entre la jerarquía y la base eclesiástica. Hoy, esa ruptura se ensancha con el predominio de una teología totalitaria y el desprestigio moral de un clero burocratizado. Dentro de la escuela teológica conservadora también se anidan ansiedades por el derrotero moral de la Iglesia. El propio Benedicto XVI, decano del conservadurismo dogmático, denunció la "hipocresía religiosa" y la división en el clero, vicios que "desfiguran el rostro de la Iglesia".

Las corrientes más liberales advierten que la Iglesia precisa de una reinvención a partir de los transformaciones operadas en el entorno sociopolítico, religioso y tecnológico y que su anacrónica dogmática no interpreta ni acopla adecuadamente con esa dialéctica, por lo que su discurso teológico y moral pierde vigencia e influencia. La pregunta es: ¿hasta cuándo se sostendrá ese estatus? El desbordamiento de los escándalos, la doble moral clerical, el relajamiento de la autoridad y las demandas por reformas liberales en el seno de la propia Iglesia desafían la capacidad del conservadurismo pontificio para responder a esta crisis. Acosado por esos constreñimientos, que aventajaban a su vieja mentalidad y vitalidad, fue que Benedicto XVI tuvo que huir a la soledad.

La concurrencia de estos factores alienta un cuadro inmejorable para que la Iglesia propicie su retrasada reforma. Desde el famoso Concilio del Vaticano II (1962-1965), convocado por el papa Juan XXIII y concluido por Paulo VI, la Iglesia no "ha actualizado" en el fondo sus bases, prácticas ni principios. El aggiornamento o la adecuación de la Iglesia a los tiempos se plantea como una cuestión crucial, que deberá emerger tarde o temprano como un imperativo factor de supervivencia institucional. La agudización de la crisis moral será, en ese contexto, un factor catalizador, pero demandará no solo coraje sino una osada visión de futuro. ¿Tendrá Francisco esas condiciones? Esa es la gran duda ¿o la esperanza?; el tiempo dirá.

Por lo pronto, el papa Francisco luce decidido a rescatar la disciplina moral de un clero que rumia sus propios pecados. La forzosa revelación de parte de sus excesos gracias a la masiva filtración de documentos oficiales (Vatileaks), los escándalos financieros del Vaticano y una avalancha de acusaciones por inconductas sexuales, han acercado la feligresía al clero, pero no precisamente para conocer sus elevadas virtudes, sino para darse cuenta lo lejos que estaba de su cobertura moral.

La Iglesia católica ha sido sacudida por grandes trances: desde la crisis arriana del siglo IV, el gran cisma del Occidente del siglo XIV hasta la reforma protestante del siglo XVI, entre otras. A pesar de la reticencia del Vaticano para aceptar públicamente la verdadera dimensión de la actual crisis, la renuncia de un papa ilustra bastante. Por más disimulo diplomático empeñado, no se trata de un evento rutinario. Como las rocas de un despeñadero, los escándalos seguirán cayendo sin tregua, empujando al alto clero a ceder en su hermetismo y doblez. Y es que a pesar de los esfuerzos para banalizar los hechos de las últimas cuatro décadas, no hay forma de ocultar la verdad: se trata de la crisis más severa del catolicismo contemporáneo. Mientras tanto habrá que acostumbrarse a una palabra escasamente usada por el envanecido clero hasta este siglo: ¡perdón!

EL "GOBIERNO DE DIOS": LA LENTA MUERTE DE UN MODELO:

Desde que el clero se hizo gobierno y la Iglesia Estado, el catolicismo ha tenido que sobrevivir con las luchas e intereses infernales del poder temporal. Para connotados teólogos y expertos en temas de religión ese ha sido el mal de fondo que subyace en todas las crisis que ancestralmente han abatido la Iglesia de Roma. Aquella admonición de Cristo de que "no se puede servir a dos señores" se ha convertido en su pecado original. La historia no bien narrada revela los padecimientos que han conmovido al alto clero por las ambiciones del poder y las riquezas temporales.

Para el prominente sociólogo de religiones Olivier Bobineau, la dimisión del papa Benedicto XVI demostró la imposibilidad de la Iglesia de mantener "un sistema imperial". Y es que a su juicio, el Papa "es el último y verdadero emperador romano que habita en la tierra". Este modelo de monarquía...

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