El político dominicano: esa cosa barata que sale cara

 
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"El político dominicano: esa cosa barata que sale cara"

Editorial.

A pesar de ser un arquetipo casi universal, la clase política dominicana acusa, en formación, nivel y visión, uno de los estándares más atrasados del mundo. Ser dirigente político en un país como éste no requiere más que dos condiciones: paciencia y habilidad, lo demás es ornamento. Paciencia, para hacer vida partidaria por el tiempo necesario hasta que el partido llegue al poder; y habilidad para trepar, con destreza reptil, el entramado de atascos que minan la jungla partidaria. A esos ingredientes usted le agrega una ética permisiva y cierto espaldarazo empresarial o clerical, el resultado será un producto más dominicano que un sancocho.

Y este producto no es más que la expresión de una sociedad política entrañablemente podrida, donde los postulados ideológicos y los principios éticos fueron ahuyentados por las sombras de la barbarie y la corrupción planificada.

A pesar de los eufemismos tipológicos, los partidos siguen siendo entidades empresariales que compiten, con fiereza, en el mercado del poder, por eso no es casual que el éxito de una carrera política se aprecie en dividendos patrimoniales. El único horizonte de los partidos es llegar al gobierno; una vez instalados, la historia se reedita, no importa quien la cuente, PRD, PRSC o PLD: problemas ancestrales sin solución y el latrocinio impune, ante la inconsciencia de un voto mayoritario teñido de pobreza, analfabetismo y desesperanza.

Los debates de las ideas perecieron, siendo asumidos por el de los intereses. Así, se extinguieron, en los partidos, las escuelas de formación política y, las pocas consultas convencionales, son estridentes espectáculos de trampas y usurpaciones. No hay una doctrina política nacional, eso no cuenta ni se aprecia. Los políticos no escriben, ni construyen ideas, ni articulan propuestas de fondo, ni iluminan, con pensamientos preciaros, los destinos nacionales; sus logros son tan perecederos como los bienes que acumulan, única razón que parece acreditar su vigencia.

El estereotipo político dominicano es muy particular, respondiendo, en su definición, a notas socioculturales muy definidas: así, el perredeísmo es masa desorganizada, inculta, con arrebatos de tropel, pero muy cIara en sus objetivos de poder; su paso es devastador y su dinámica tan convulsa como díscola; el peledeísmo es militancia de...

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