La Republica Dominicana huele a sangre

 
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"La República Dominicana huele a sangre"

José Luis Taveras

La República Dominicana huele a sangre. No son percepciones tremendistas. Cada día el crimen confirma, con fuerza sádica, la convicción de que somos otra sociedad. El empoderamiento de la violencia reporta patrones primitivos de expresión: degollamientos, masacres, torturas, muertes por encargo. Es una pandemia social sicótica que desborda toda racionalidad. Lo trágico es que se trata de un proceso progresivo e irreversible, de efecto encadenado y crecimiento exponencial.

El clima que vive hoy la República Dominicana es casi comparable al de México hace diez años; en los últimos seis, en esa nación, la violencia asociada solo al narcotráfico ha cobrado más de 50,000 muertes. Al principio de ese sexenio, el promedio bimestral de ejecutados no llegaba a los 400, actualmente sobrepasa los dos mil. Es un crecimiento de más de un 500%. Solo en 2010, 15,273 murieron asesinados. La inseguridad le cuesta a ese país un punto porcentual de su producto interno bruto (PIB), mientras que el PIB per cápita se ve afectado en 0.5 puntos.

Las comparaciones estadísticas en esta materia son a veces perniciosas porque tienden a disimular la impotencia con un velo de conformidad. Cada vez que en los escasos debates académicos se alude al tema suelen invocarse referentes regionales extremos, como premio de consolación, sin considerar la circunstancia de que no vivimos en Colombia, México, Guatemala, El Salvador o Nicaragua.

De acuerdo al Índice de Paz Global 2011, del Instituto para la Economía y La Paz, la República Dominicana ocupa el puesto número 91 de la lista de 153 naciones del mundo que tomó en cuenta el instituto y que evalúa el nivel de conflictividad social interno, el gasto militar, la violencia y los conflictos con otros países. En América Latina solo superamos a El Salvador (102), Haití (113), Honduras (117), México (121), Venezuela (124), Guatemala (125) y Colombia (139).

La asimilación general al cuadro de anomia que genera la violencia social se empieza a tornar peligrosa cuando la sociedad pierde el asombro ante las manifestaciones más aberrantes del crimen. De acuerdo a un estudio realizado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), el nivel de preocupación social por el crecimiento de la violencia en México es de un 18%, índice muy lejano al de países como Panamá y Venezuela, que mantienen un 45 y un 55 por ciento, respectivamente. Dos años antes, la preocupación mexicana por el crimen era de un 60%. Hoy el crimen en México es rutina.

Conforme a la encuesta Gallup-Hoy de agosto de 2011, después de la inflación, que ocupa un 63% como la principal preocupación de los dominicanos, el 42% de la población asume la delincuencia como su segundo mal, aun por encima del desempleo, que importa a un 40%. Esta percepción se mantiene más o menos igual desde el 2009. Lo peor es que, mientras en la población queda todavía resistencia a admitir esta realidad, no hay una respuesta de igual impacto por parte de las autoridades.

La inevitable convivencia con el crimen organizado conlleva el riesgo de acostumbrarse tanto a su accionar como a sus consecuencias. La República Dominicana entra en el umbral de ese infausto proceso, por impotencia e idiosincrasia. Las reacciones de las autoridades son episódicas, reactivas y coyunturales.

Cuando el índice de percepción se eleva, sobre todo en tiempos electorales, se montan espectáculos como el recientemente celebrado en la ciudad de Santiago, donde se anuncia el presunto fortalecimiento de las políticas preventivas y persecutorias de siempre, quedando en el fondo una realidad estructural agotada, ineficaz y corrompida. Parece increíble que la falta de creatividad y visión nos mantenga todavía atados a modelos de políticas públicas basados en comisiones de seguimiento o de notables como las que se anunciaron en ese patético acto: un plan sectorial de seguridad confeccionado la noche anterior solo para disipar el pavor creado en esa ciudad por hechos macabros de sangre de la narcodelincuencia y el sicariato. Estas acciones efectistas son simples remiendos con derivaciones más dañinas que la inacción, porque crean dependencias sociales anestésicas dejando intacto el mal o suscitando expectativas ilusorias cuya desatención genera, a su vez, desconfianza e impotencia.

¿POR DÓNDE EMPEZAR?

¿Dónde reside el crimen organizado? Definitivamente en centros de...

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