Sección cuarta. Alianza para el Progreso Trascendental Programa Interamericano
| Páginas | 287-319 |
| Autor | Vanessa Vega Acevedo de Bonnelly |
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ANTECEDENTES. OPERACIÓN PANAMERICANA. COMITÉ DE LOS 21 Y ACTA
DE BOGOTÁ
Si durante la primera mitad del siglo XX el sistema regional
americano perfeccionó su mecanismo, tanto para salvaguardar la
paz hemisférica como para prevenir agresiones e intervenciones,
no había desenvuelto, sin embargo, programas adecuados para
combatir otra amenaza para la seguridad americana no contem-
plada antes –un enemigo interno que presentaba distintas fases:
hambre, pobreza, ignorancia, enfermedad y miseria.
El desafío de este viejo enemigo no podía ser ignorado por
más tiempo porque ya la resistencia de millones de americanos
en su amarga lucha contra realidades adversas había llegado a su
límite máximo.
La conciencia americana fue dramáticamente advertida de
que una acción inmediata había que tomar para combatir tantas
desgracias por el presidente del Brasil, Juscelino Kubitschek, en
el plan “OPERACIÓN PANAMERICANA” propuesto por él
en el 1958; en una carta dirigida a todos los jefes de Estado de
América, Kubitschek puso el mayor énfasis al referirse a los as-
pectos económicos, sociales, políticos y morales del continente.
“La lucha contra los enemigos de la democracia no puede ser re-
presiva sino principalmente constructiva”, manifestó. “Tenemos
que afrontar la guerra fría que ha estallado en el Hemisferio con
un desenvolvimiento ARMÓNICO de nuestras economías que
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aliviaría los sufrimientos pacientemente soportados por millones
de seres humanos hasta ahora”. Kubitschek también expresó el
deseo de que la OEA se fortaleciera como instrumento de la
unidad continental.
La iniciativa del presidente del Brasil fue acogida con mucho
entusiasmo por los Gobiernos de los países americanos. El 9 de
agosto del citado año 1958, un programa de seis puntos presen-
tado por el Brasil concretó los principales pasos para movilizar
los recursos del continente. El Consejo de la OEA estableció
de inmediato un comité integrado por los representantes de las
21 naciones americanas que había de conocerse con el nombre
de “COMITÉ DE LOS VEINTIUNO”. Dos años de intensos
trabajos del referido Comité dieron por resultado el ACTA DE
BOGOTÁ o “MEDIDAS PARA EL DESARROLLO SOCIAL
Y ECONÓMICO”, destinada a convertirse en menos de un
año en el fundamento en que habría de descansar el plan de la
ALIANZA PARA EL PROGRESO.
En efecto, el 20 de enero de 1961, habiendo comprobado que
el Acta de Bogotá carecía de instrumentos para operar con la ampli-
tud que el caso demandaba, el fenecido presidente norteamericano
John F. Kennedy propuso la alianza en los siguientes términos:
“A nuestras hermanas Repúblicas de allende nuestra frontera me-
ridional les brindamos una promesa especial: convertir nuestras
buenas palabras en buenos hechos mediante una nueva alianza en
aras del progreso”.
ALIANZA PARA EL PROGRESO
Con la frase “Alianza para el Progreso” fue bautizado el plan
de acción en que se unieron los países americanos para tratar de
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solucionar sus problemas económicos y sociales. Este plan fue
aceptado como programa interamericano en agosto de 1961, en
Punta del Este, Uruguay.
La Alianza para el Progreso representa el esfuerzo común
más trascendental de la larga historia de lucha por el adelanto
que ha venido librando América, desde los días de la indepen-
dencia, cuando el Libertador Simón Bolívar vislumbró la futura
unidad americana.
Con el fin de comprender el alcance del plan de la Alianza
para el Progreso, estudiaremos el contenido de los dos documen-
tos que la detallan: la Declaración de los Pueblos de América y
la Carta de Punta del Este, ambos votados en 1961 en Punta del
Este, Uruguay.
DECLARACIÓN DE LOS PUEBLOS DE AMÉRICA
Reunidos en Punta del Este, inspirados en los principios
consagrados en la Carta de la Organización de los Estados
Americanos, en la Operación Panamericana y en el Acta de
Bogotá, los representantes de las repúblicas americanas acuer-
dan entre sí constituir la Alianza para el Progreso en un vasto
esfuerzo para procurar una vida mejor a todos los habitantes
del continente.
Esta Alianza se funda en el principio de que al amparo de
la libertad y mediante las instituciones de la democracia repre-
sentativa es como mejor se satisfacen, entre otros anhelos, los de
trabajo, techo y tierra, escuela y salud. No hay ni puede haber
sistema que garantice verdadero progreso si no proporciona las
oportunidades para que se afirme la dignidad de la persona que
es fundamento de nuestra civilización.
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En consecuencia,
“Los países signatarios en uso de su soberanía se comprome-
ten durante los próximos años a:
Perfeccionar y fortalecer las instituciones democráticas en aplicación
del principio de autodeterminación de los pueblos.
Acelerar el desarrollo económico y social, a fin de conseguir un
aumento substancial y sostenido del ingreso por habitante, para
acercar en el menor tiempo posible el nivel de vida de los países
latinoamericanos al de los países industrializados.
Ejecutar programas de viviendas en la ciudad y en el campo para
proporcionar casa decorosa a los habitantes de América.
Impulsar, dentro de las particularidades de cada país, programas
de reforma agraria integral orientada a la efectiva transformación,
donde así se requiera, de las estructuras e injustos sistemas de te-
nencia y explotación de la tierra, con miras a substituir el régimen
del latifundio y minifundio por un sistema justo de propiedad, de
tal manera que, mediante el complemento del crédito oportuno y
distribución de los productos, la tierra constituya para el hombre
que la trabaja base de su estabilidad económica, fundamento de su
progresivo bienestar y garantía de su libertad y dignidad.
Asegurar a los trabajadores una justa remuneración y adecuadas
condiciones de trabajo; establecer eficientes sistemas de relaciones
obrero-patronales y procedimientos de consulta y colaboración en-
tre las autoridades, las asociaciones patronales y las organizaciones
de trabajadores para el desarrollo económico y social.
Acabar con el analfabetismo; extender, en el plazo más corto, los
beneficios de la enseñanza elemental o primaria a toda persona
latinoamericana y ampliar, en vasta escala, las oportunidades de
educación secundaria, técnica y superior.
Desarrollar programas de salubridad e higiene con miras a prevenir
las enfermedades, luchar contra las epidemias, y defender, en suma,
el potencial humano.
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Reformar las leyes tributarias para exigir más a quienes más tienen.
Castigar severamente la evasión de impuestos, redistribuir la renta
nacional a favor de los sectores más necesitados, y al mismo tiempo
alentar la inversión y reinversión de capitales y el ahorro.
Mantener una política monetaria y fiscal que, sin las calamidades
de la inflación o de la deflación, defienda el poder adquisitivo del
mayor número, garantice la mayor estabilidad de los precios, y sea
base adecuada para la promoción de las economías.
Estimular la actividad privada para promover el desarrollo de los
países de la América Latina, con ritmo tal que sus economías puedan
absorber los excedentes de mano de obra, remediando el problema
del desempleo y al fin de que ocupen el puesto que les corresponde
entre las naciones industrializadas y modernas del mundo.
Dar rápida y duradera solución al grave problema que representa
para los países de la América Latina la variación excesiva de los
precios de los productos que de ordinario exportan y de los que aún
depende, en medida tan importante, la prosperidad de las naciones
latinoamericanas.
Acelerar la integración de la América Latina con el mismo objetivo
de vigorizar el desarrollo económico y social del continente, proceso
ya comenzado con el Tratado General de Integración Económica
Centroamericana y, en otros países, por medio de la Asociación
Latinoamericana de Libre Comercio.
Este compromiso expresa el convencimiento de las naciones de la
América Latina de que estos cambios de trascendencia económica,
social y cultural solo pueden ser el resultado del esfuerzo propio de
cada país. No obstante, para alcanzar las metas que se han señalado,
con la urgencia requerida, es indispensable complementar los es-
fuerzos internos con una ayuda externa adecuada.
Los Estados Unidos, por su parte, se comprometen a ofrecer su
cooperación financiera y técnica para alcanzar los fines de la Alianza
para el Progreso. A tal efecto, proporcionarán la mayor parte del
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financiamiento de por lo menos veinte mil millones de dólares,
principalmente fondos públicos, que la América Latina requiere de
todas las fuentes externas durante la próxima década para completar
sus propios esfuerzos.
En los doce meses contados a partir del 13 de marzo de 1961, fecha
de la primera declaración de la Alianza para el Progreso, los Estados
Unidos proveerán fondos públicos por más de mil millones de
dólares para contribuir de inmediato al progreso económico y social
de la América Latina.
Los Estados Unidos tienen la intención de que los préstamos para el
desarrollo sean a largo plazo y, cuando fuese apropiado, se extiendan
hasta cincuenta años, a interés en general muy bajo, o sin interés, de
acuerdo con los casos.
Por su parte, los países de la América Latina declaran su propósito
de dedicar una proporción cada vez mayor de sus propios recursos al
desarrollo económico y al progreso social, así como a introducir las
reformas encaminadas a asegurar una plena participación de todos
los sectores en los frutos de la Alianza para el Progreso.
Los países de la América Latina formularán programas nacionales am-
plios y debidamente estudiados para el desarrollo de sus economías
como las contribuciones de cada uno a la Alianza para el Progreso.
Expertos independientes y altamente capacitados estarán a disposi-
ción de los países latinoamericanos para ayudar en la formulación y
examen de los planes nacionales de desarrollo.
Conscientes de la importancia trascendental de esta declaración los
países signatarios proclaman que el sistema interamericano ingresa a
una nueva fase en la que, a sus logros jurídicos, institucionales, cultu-
rales y sociales, van a añadirse dentro de la libertad y la democracia,
inmediatas y tangibles realizaciones para asegurar a la presente y a las
venideras generaciones del hemisferio occidental una vida mejor”.
Punta del Este, Uruguay,
Agosto de 1961.
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CARTA DE PUNTA DEL ESTE
Establecimiento de la Alianza para el Progreso
dentro del marco de la Operación Panamericana
PREÁMBULO
Las repúblicas americanas proclaman su decisión de asociarse en un
esfuerzo común para alcanzar un progreso económico más acelerado y
una más amplia justicia social para sus pueblos, respetando la dignidad
del hombre y la libertad política.
Hace casi 200 años se inició en este Hemisferio una larga lucha por la
libertad, fuente de inspiración para los pueblos del mundo. Alentados
por la esperanza que dimana de las revoluciones ocurridas en nues-
tras jóvenes naciones, muchos hombres bregan ahora por la libertad
en tierras de vieja tradición. Ha llegado el momento de imprimir un
nuevo sentido a esta vocación revolucionaria. América se encuentra en
el umbral de una nueva etapa histórica. Hombres y mujeres de todo
el continente procuran conquistar la vida más plena que las técnicas
modernas ponen a su alcance. Están resueltos a lograr una existencia
más decorosa y cada vez más abundante para ellos y para sus hijos; a
tener acceso a la cultura y a disfrutar de igualdad de oportunidades
para todos, y a terminar con aquellas condiciones que hacen posible
el beneficio de pocos en desmedro de las necesidades y de la dignidad
de muchos. Es deber impostergable satisfacer esas justas aspiraciones
demostrando a los pobres y desamparados de este y todos los continentes
que el poder creador del hombre libre constituye la fuerza que mueve su
progreso y el de las futuras generaciones.
La certeza del éxito final descansa no solamente en la fe en sus pueblos
sino también en la convicción en que el espíritu del hombre libre es
invencible patrimonio de la civilización americana.
Inspirados por los principios de la Operación Panamericana y del Acta
de Bogotá, las repúblicas americanas han resuelto adoptar aquí el
siguiente programa de acción para iniciar y llevar adelante la Alianza
para el Progreso.
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TÍTULO PRIMERO
Objetivos de la Alianza para el Progreso
La Alianza para el Progreso, tiene como propósito aunar todas las
energías de los pueblos y gobiernos de las repúblicas americanas, para
realizar un gran esfuerzo cooperativo que acelere el desarrollo económico
y social de los países participantes de la América Latina, a fin de que
puedan alcanzar un grado máximo de bienestar con iguales oportu-
nidades para todos, en sociedades democráticas que se adapten a sus
propios deseos y necesidades.
Las repúblicas americanas por esta Carta convienen en trabajar para
alcanzar las siguientes metas principales en la presente década:
1) Conseguir en los países latinoamericanos participantes, un creci-
miento substancial y sostenido del ingreso percápita, a un ritmo que
permita alcanzar, en el menor tiempo posible, un nivel de ingresos
capaz de asegurar un desarrollo acumulativo y suficiente para elevar
en forma constante ese nivel, en relación con los de las naciones más
industrializadas, reduciendo de este modo las distancias entre los niveles
de vida de la América Latina y de los países más desarrollados. Dis-
minuir, asimismo, las deficiencias del nivel de ingreso entre los países
latinoamericanos, estimulando el desarrollo más acelerado de menor
desarrollo relativo y aportándoles máxima prioridad en la asignación
de recursos y en la cooperación internacional en general. Para evaluar
el grado de desarrollo relativo se tendrán en cuenta no solo la expresión
estadística del nivel medio del ingreso real o del producto percápita,
sino también los índices de mortalidad infantil y de analfabetismo y el
número de calorías diarias por habitante.
Se reconoce que, para alcanzar estos objetivos dentro de un plazo razo-
nable, la tasa de crecimiento económico en cualquier país de América
Latina no debe ser inferior al 2.6 por ciento anual percápita, y que
cada país participante deberá determinar su meta de crecimiento, en
consonancia con su etapa de evolución social y económica, su dotación
de recursos y su capacidad para movilizar los esfuerzos nacionales para
el desarrollo.
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2) Poner los beneficios del progreso económico a disposición de todos los
sectores económicos y sociales, mediante una distribución equitativa del
ingreso nacional, elevando con mayor rapidez los ingresos y niveles de
vida de los sectores más necesitados de la población, y tratar, al mismo
tiempo, de que los recursos dedicados a la inversión representen una
posición mayor del producto nacional
3) Lograr una diversificación equilibrada en las estructuras económicas
nacionales, en lo regional y en lo funcional y alcanzar una situación que
dependa cada vez menos de las exportaciones de un reducido número de
productos primarios, así como de la importación de bienes de capital, al
par de conseguir estabilidad en los precios o en los ingresos provenientes
de estas exportaciones.
4) Acelerar el proceso de una industrialización racional para aumentar
la productividad global de la economía, utilizando plenamente la
capacidad y los servicios tanto del sector privado como del público, apro-
vechando los recursos naturales del área y proporcionando ocupación
productiva y bien remunerada a los trabajadores total o parcialmente
desocupados. Dentro de este proceso de industrialización, prestar aten-
ción especial al establecimiento y desarrollo de las industrias productoras
de bienes de capital.
5) Aumentar considerablemente la productividad y la producción agrí-
cola, y mejorar asimismo los servicios de almacenamiento, transporte y
distribución.
6) Impulsar, dentro de las particularidades de cada país, programas
de reforma agraria integral, orientada a la efectiva transformación de
las estructuras e injustos sistemas de tenencias y explotación de la tierra
donde así se requiera, con miras a substituir el régimen latifundista y
minifundista por un sistema justo de propiedad de tal manera que,
mediante el complemento del crédito oportuno y adecuado, la asistencia
técnica, y la comercialización y distribución de los productos, la tierra
constituya para el hombre que la trabaja base de su estabilidad econó-
mica, fundamento de su progresivo bienestar y garantía de su libertad
y dignidad.
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7) Eliminar el analfabetismo en los adultos del hemisferio y para 1970,
asegurar un mínimo de seis años de educación primaria a todo niño de
edad escolar de la América Latina; modernizar y ampliar los medios
para la enseñanza secundaria vocacional, técnica y superior; aumentar
la capacidad para la investigación pura y aplicada, y proveer el personal
capacitado que requieren las sociedades en rápido desarrollo.
8) Aumentar en un mínimo de cinco años la esperanza de vida al
nacer y elevar la capacidad de aprender y producir mejorando la salud
individual y colectiva.
Para lograr esta meta se requieren, entre otras medidas, suministrar
en el próximo decenio agua potable y desagüe a no menos del 70 por
ciento de la población urbana y del 50 por ciento de la rural; reducir
la mortalidad de los menores de cinco años, por lo menos a la mitad de
las tasas actuales; controlar las enfermedades transmisibles más graves,
de acuerdo con su importancia como causas de invalidez o muerte;
erradicar aquellas enfermedades para las cuales se conocen técnicas
eficaces, en particular la malaria; mejorar la nutrición; perfeccionar y
formar profesionales y auxiliares de salud en el mínimo indispensable;
mejorar los servicios básicos de salud a nivel nacional y local; intensi-
ficar la investigación científica y utilizar plena y más efectivamente los
conocimientos derivados de ella para la prevención y la curación de las
enfermedades.
9) Aumentar la construcción de viviendas económicas para familias de
bajo nivel de ingreso, con el fin de disminuir el déficit habitacional;
reemplazar con viviendas de igual clase las inadecuadas o deficientes y
dotar de los servicios públicos necesarios a los centros poblados urbanos
y rurales.
10) Mantener niveles de precios estables, evitando la inflación o la
deflación y las consiguientes privaciones sociales y la mala distribución
de los recursos, teniendo siempre en cuenta la necesidad de mantener un
ritmo adecuado de crecimiento económico.
11) Fortalecer los acuerdos de integración económica, con el fin de llegar,
en último término, a cumplir con la aspiración de crear un Mercado
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Común Latinoamericano que amplíe y diversifique el comercio entre los
países de la América Latina y contribuya de esta manera al crecimiento
económico de la región.
12) Desarrollar programas cooperativos, con el fin de evitar los efectos
perjudiciales de las fluctuaciones excesivas de los ingresos en divisas
procedentes de exportaciones primarias, de vital importancia para el
desarrollo económico y social y adoptar las medidas que sean necesarias
para facilitar el acceso de las exportaciones latinoamericanas a los
mercados internacionales.
TÍTULO SEGUNDO
Desarrollo económico y social
Capítulo I
Requisitos básicos para el desarrollo
Las repúblicas americanas reconocen que para alcanzar los objetivos
antes expuestos se requerirán las siguientes condiciones:
1) Que se ejecuten, de acuerdo con los principios democráticos, pro-
gramas nacionales de desarrollo económico y social, amplios y bien
concebidos, encaminados a lograr un crecimiento autosuficiente.
2) Que tales programas se apoyen en el principio del esfuerzo propio
–como se estableció en el Acta de Bogotá– y del máximo empleo de
los recursos nacionales, tomando en consideración las circunstancias
especiales de cada país.
3) Que en la elaboración y ejecución de esos programas, la mujer esté en
pie de igualdad del hombre.
4) Que los países latinoamericanos obtengan suficiente ayuda financiera
del exterior, incluyendo una parte substancial en condiciones flexibles
con respecto a plazos y términos de amortización y modos de utilización,
para complementar la formación del capital nacional y reforzar la
capacidad importadora de dichos países; y que, en apoyo de programas
bien concebidos, que comprendan las reformas estructurales necesarias
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y las medidas para la movilización de recursos nacionales, se ponga a
disposición de los países latinoamericanos un aporte de capital de todas
las fuentes exteriores, durante los próximos diez años, de por lo menos
20,000 millones de dólares, dando prioridad a los países de menor de-
sarrollo relativo. La mayor parte de esta suma deberá estar constituida
por fondos públicos.
5) Que las instituciones, tanto en los sectores públicos como en los priva-
dos, inclusive las organizaciones laborales, cooperativas e instituciones
comerciales, industriales y financieras, sean fortalecidas y mejoradas
para la creciente y eficaz utilización de los recursos nacionales; y que se
efectúen las reformas sociales necesarias para permitir una distribución
equitativa del fruto del progreso económico y social.
Capítulo II
Programas nacionales de desarrollo
1) Los países latinoamericanos participantes convienen en implantar
o en fortalecer sistemas para la preparación, ejecución y revisión perió-
dica de los programas nacionales de desarrollo y requisitos contenidos
en este documento. Los países latinoamericanos participantes deberán
formular, dentro de los próximos 18 meses, si fuera posible, programas
de desarrollo a largo plazo. Tales programas deberán abarcar, según
las condiciones propias de cada país, los elementos esbozados en el
apéndice.
2) Los programas nacionales de desarrollo deberán incorporar esfuerzos
propios encaminados a:
a) Mejorar los recursos humanos y ampliar las oportunidades, median-
te la elevación de los niveles generales de educación y salud; el per-
feccionamiento y la expansión de la enseñanza técnica y la formación
profesional, dando relieve a la ciencia y tecnología; la remuneración
adecuada al trabajo realizado, estimulando el talento del administra-
dor, el empresario y el asalariado; las ocupaciones más productivas para
el trabajo subempleado; el establecimiento de sistemas eficientes para
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las relaciones de trabajo y procedimientos de consulta y colaboración
entre las autoridades, las asociaciones de empleadores y las organiza-
ciones laborales; el fomento para que se creen y expidan instituciones
locales de investigación científica y aplicada; y normas más eficaces de
administración pública.
b) Desarrollar más ampliamente y utilizar con mayor eficacia los
recursos naturales, en particular los que en la actualidad no se explotan
o se aprovechan poco, inclusive medidas para la elaboración de materias
primas.
c) Robustecer la base agrícola, extendiendo los beneficios de la tierra en
forma cada vez mayor a quienes la trabajan; y asegurando en los países
con población indígena, la integración de ésta al proceso económico,
social y cultural de la sociedad moderna.
Para la realización de estos propósitos deberán adoptarse, entre otras,
medidas tendientes al establecimiento o mejoramiento, según el caso,
de los siguientes servicios: extensión, crédito, asistencia técnica, inves-
tigación y mecanización agrícolas; salud y educación; almacenamiento
y distribución; cooperativas y asociaciones campesinas, y programas de
desarrollo comunal.
d) Movilizar y utilizar en forma más eficaz, racional y justa los recursos
financieros, mediante la reforma de la estructura de los sistemas tribu-
tarios, que incluye impuestos adecuados y equitativos sobre los ingresos
elevados a los bienes raíces, así como la aplicación estricta de medidas
para mejorar la administración fiscal. Los programas de desarrollo
deberán comprender la adaptación de las erogaciones presupuestarias a
las necesidades del desarrollo, medidas que cuiden el mantenimiento de
los precios estables, la creación de facilidades esenciales de crédito a las
tasas razonables de interés y el fomento del ahorro individual
e) Promover las condiciones que estimulen el flujo de inversiones
extranjeras que contribuyan a un aumento en los recursos de capital de
los países participantes que lo requieran, mediante medidas apropiadas
que incluyan la celebración de convenios con el propósito de reducir o
eliminar la doble tributación.
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f) Mejorar los sistemas de distribución y ventas para hacer más compe-
titivo el mercado, neutralizando las prácticas monopolistas.
Capítulo III
Medidas de acción inmediata y a corto plazo
1) Reconociendo que algunos países de América Latina, a pesar de sus
mejores esfuerzos, pueden necesitar ayuda financiera de emergencia,
los Estados Unidos proporcionarán esta ayuda de los fondos que están
establecidos o que se establezcan para estos fines. Los Estados Unidos
están dispuestos a tomar acción rápida sobre las solicitudes para tal
ayuda. Las solicitudes que se refieran a situaciones existentes deberán ser
presentadas dentro de los próximos sesenta días.
2) Los países latinoamericanos participantes deberán aumentar inme-
diatamente los esfuerzos para acelerar su desarrollo, prestando atención
especial (además de crear o reforzar sus organismos para la programa-
ción del desarrollo a largo plazo) a los siguientes puntos:
a) Terminar los proyectos ya iniciados, e iniciar aquellos para los que
ya han hecho estudios básicos, a fin de acelerar su funcionamiento y
ejecución.
b) Ejecutar nuevos proyectos que tengan por objeto:
I. Satisfacer necesidades económicas y sociales imperiosas y que
beneficien directamente al mayor número de personas;
II. Concentrar los esfuerzos en las zonas menos desarrolladas o más
deprimidas en que existan problemas sociales especialmente graves en
cada país;
III. Utilizar capacidades o recursos inactivos, especialmente mano
de obra subempleada; y
IV. Estudiar y evaluar los recursos naturales.
c) Facilitar la preparación o ejecución de los programas a largo plazo,
con medidas encaminadas a:
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I. Adiestrar a maestros, técnicos y especialistas;
II. Proveer adiestramiento acelerado obrero y campesino;
III. Mejorar las estadísticas básicas;
IV. Establecer los medios necesarios de crédito y distribución; y
V. Mejorar los servicios y la administración.
3) Los Estados Unidos ayudarán a llevar a la práctica estas medidas
a corto plazo con miras a resultados concretos de la Alianza para el
Progreso, a la mayor brevedad posible. En relación con las medidas
señaladas anteriormente, y de acuerdo con la declaración del Presidente
Kennedy, los Estados Unidos suministrarán ayuda, dentro de la Alian-
za, incluyendo asistencia financiera para las medidas a corto plazo, por
una suma superior a mil millones de dólares en el año que termina en
marzo de 1962.
Capítulo IV
Ayuda externa para apoyar los
programas de desarrollo
1) El desarrollo económico y social de la América Latina ha de requerir
una gran ayuda financiera adicional, tanto pública como privada, por
parte de los países exportadores de capitales, incluso los miembros del
grupo de asistencia para el desarrollo y de las entidades internacionales
de crédito. Las medidas que prescribe el Acta de Bogotá y las nuevas
medidas que se establecen por esta Carta, están destinadas a crear la
estructura dentro de la cual se otorgará esa ayuda adicional y se la
utilizará eficazmente.
2) Estados Unidos ayudarán a los países participantes, cuyos programas
de desarrollo establezcan medidas de ayuda propia y política económica
y social acordes con los principios y objetivos de esta Carta. Para com-
pletar los esfuerzos propios de esos países, Estados Unidos está dispuesto
a destinar recursos que, junto con aquellos que se prevé obtener de otras
fuentes externas, serán de una naturaleza y magnitud adecuadas para
realizar los fines contemplados en esta Carta. Esa ayuda se destinará
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tanto a promover el progreso social como el económico y, según corres-
ponda, tomará la forma de subvención o de préstamos cuyos términos y
condiciones sean flexibles.
Los países participantes solicitarán el apoyo de otros países exportadores
de capital y de las instituciones competentes para que otorguen ayuda
con el fin de lograr esos objetivos.
3) Los Estados Unidos contribuirán a financiar proyectos de asistencia
técnica propuestos por un país participante o por la Secretaría General
de la Organización de los Estados Americanos, destinados a:
a) La contratación de expertos, de acuerdo con los gobiernos y al
servicio de estos, inclusive para la preparación de proyectos específicos
de inversión y el fortalecimiento de los mecanismos nacionales para
la elaboración de proyectos, utilizando cuando sea pertinente, firmas
especializadas en ingeniería.
b) La realización de conformidad con los acuerdos de cooperación
existentes entre la Secretaría General de la Organización de los Estados
Americanos, la Comisión Económica para América Latina y el Banco
Interamericano de Desarrollo, de estudios e investigaciones en el propio
lugar, incluyendo los problemas relativos de desarrollo, la formación de
organismos nacionales para la preparación de programas de desarrollo,
reforma agraria y desarrollo rural, salud, cooperativas, viviendas, ense-
ñanza y formación profesional, tributación recaudación de impuestos; y
c) La celebración de reuniones de expertos y funcionarios sobre desarro-
llo y problemas conexos. Los gobiernos o las organizaciones antes men-
cionadas solicitarán, siempre que sea apropiado, la cooperación de las
Naciones Unidas y de sus organismos especializados para la realización
de esas actividades.
4) Los países latinoamericanos participantes reconocen que cada uno de
ellos, en distintos grados, está en condiciones de ayudar a las repúblicas
hermanas, proporcionándoles ayuda técnica y financiera. Reconocen,
también, que se hallarán en condiciones aún mejores, a medida que
desarrollen sus economías. Afirman por tanto, su intención de ayudar
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a las repúblicas hermanas de manera creciente, cuando lo permitan sus
circunstancias individuales.
Capítulo V
Organización y procedimiento
1) A fin de proporcionar asistencia técnica para formular los pro-
gramas de desarrollo, según lo soliciten las naciones participantes, la
Organización de Estados Americanos, la Comisión Económica para
América Latina y el Banco Interamericano de Desarrollo, continuarán
y fortalecerán sus acuerdos de coordinación en esta materia para tener
a disposición un grupo de expertos en programación cuyos servicios
puedan utilizarse para facilitar el cumplimiento de esta Carta. Los
países participantes, asimismo, harán las gestiones para lograr que se
intensifique, con igual propósito, la ayuda técnica de los organismos
especializados de las Naciones Unidas.
2) El Consejo Interamericano Económico y Social, (CIES), a propuesta
conjunta del Secretario General de la Organización de los Estados Ame-
ricanos, del Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, (BID) y
del Subsecretario de las Naciones Unidas, a cargo de la Comisión Econó-
mica para América Latina, designará una nómina de nueve expertos de
alto nivel, teniendo en cuenta exclusivamente su experiencia, capacidad
técnica y competencia en los distintos aspectos del desarrollo económico y
social. Dichos expertos podrán ser de cualquier nacionalidad, si bien en
los de origen latinoamericano se procurará una adecuada distribución
geográfica y estarán adscritos al Consejo Interamericano Económico y
Social, gozando, no obstante, de completa autonomía en el desempeño
de sus funciones, y no podrán ejercer ningún otro cargo remunerado. La
designación de los expertos se hará por un periodo de tres años, pudiendo
ser renovada.
3) Cada gobierno, si así lo desea, podrá presentar su programa de
desarrollo económico y social a la consideración de un comité ad hoc
que estará integrado hasta por tres miembros de la nómina de expertos
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a que se refiere el numeral precedente y por un número igual de expertos
ajenos a dicha nómina. Los expertos que integren el comité ad hoc serán
designados por el Secretario General de la Organización de los Estados
Americanos, a solicitud del gobierno interesado y con su consentimiento.
4) El comité estudiará el programa de desarrollo, intercambiará opinio-
nes con el gobierno interesado respecto a posibles modificaciones y, con
el consentimiento del mismo gobierno, hará conocer sus conclusiones al
Banco Interamericano de Desarrollo y a otros gobiernos e instituciones
que puedan estar dispuestos a otorgar ayuda financiera y técnica exterior
para la ejecución del programa.
5) Al estudiar el programa de desarrollo que se le someta, el comité ad
hoc examinará la compatibilidad del programa con los principios del
Acta de Bogotá y los de esta Carta, para lo cual tendrá en cuenta los
elementos del apéndice.
6) La Secretaría General de la Organización de los Estados Americanos
proveerá el personal que, para el cumplimiento de sus tareas, necesiten
los expertos a que se refieren los numerarios 1 y 2 de este capítulo. Ese
personal podrá ser contratado especialmente para ese fin, o pondrá su
personal permanente de la Organización de los Estados Americanos,
de la Comisión Económica para América Latina y del Banco Intera-
mericano de Desarrollo, con arreglo a los actuales acuerdos de enlace
entre los tres organismos. La Secretaría General de la Organización de
los Estados Americanos podrá gestionar acuerdos con la Secretaría de
las Naciones Unidas, sus organismos especializados y los de la Organi-
zación de los Estados Americanos, para proporcionar temporalmente el
personal necesario.
7) El gobierno cuyo programa de desarrollo haya sido objeto de reco-
mendaciones por parte del comité ad hoc en cuanto a sus necesidades de
financiamiento externo, podrá someterlo a la consideración del Banco
Interamericano de Desarrollo a fin de que éste efectúe las gestiones
necesarias para obtener dicho financiamiento externo, incluyendo
la organización de consorcios de instituciones a crédito y gobiernos
dispuestos a contribuir al financiamiento, continuado y sistemático, a
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plazos adecuados, del programa. No obstante, el gobierno tendrá entera
libertad para recurrir por otra vía a toda fuente de financiamiento, con
el objeto de obtener, en todo o en parte, los recursos requeridos.
El comité ad hoc no interferirá con el derecho de cada gobierno de
formular sus propias metas, prioridades y reformas en sus programas
nacionales de desarrollo.
Las recomendaciones del comité ad hoc serán de gran importancia para
determinar la distribución de los fondos públicos de la Alianza para el
Progreso que contribuyan al financiamiento externo previsto en dichos
programas. Tales recomendaciones tendrán especialmente en cuenta lo
expresado en el Numeral 1.o, del Título I.
Asimismo, los gobiernos participantes harán gestiones para que tales
recomendaciones sean también aceptadas como un factor de gran
importancia en las decisiones que, para estos mismos efectos, tomen las
instituciones interamericanas de crédito, otras agencias internacionales
de crédito y gobiernos de países amigos que sean proveedores potenciales
de capital.
8) El Consejo Interamericano Económico y Social examinará todos los
años los progresos logrados en la formulación, realización nacional y
financiación internacional de programas de desarrollo y someterá al
Consejo de la Organización de los Estados Americanos, las recomenda-
ciones que estime pertinentes.
APÉNDICE
Elementos de los programas de desarrollo nacional
1) El establecimiento de metas compatibles para lograr, durante el
periodo del programa, el aumento de la capacidad de producción en
la industria, la agricultura, la minería, los transportes, la energía y
las comunicaciones y el mejoramiento de las condiciones de vida en las
zonas urbanas y rurales, incluso el progreso en materia de vivienda,
educación y salud.
VANESSA VEGA ACEVEDO DE BONNELLY
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2) La asignación de prelaciones y la descripción de métodos para alcanzar
los fines que se persiguen, incluso las medidas específicas y los proyectos
principales. Los proyectos concretos de desarrollo deberán justificarse en
términos de la relación entre sus costos y beneficios, inclusive su aporte a
la productividad social.
3) Las medidas que se adoptaren para dirigir las operaciones del sector
público y para estimular la acción privada en apoyo del programa de
desarrollo.
4) El costo estimado, en moneda nacional y extranjera, de los proyectos
principales y del programa de desarrollo en su conjunto, año por año,
durante el periodo que abarque el programa.
5) Los recursos nacionales, públicos y privados que se consideran dispo-
nibles para ejecutar el programa.
6) Los efectos directos e indirectos del programa sobre la balanza de
pagos y el financiamiento externo, público y privado, que se estime
necesario para ejecutar el programa.
7) Las orientaciones básicas de la política fiscal y monetaria que han de
seguirse para permitir la realización del programa dentro de un sistema
de estabilidad de precios.
8) El mecanismo de la administración pública –inclusive las relaciones con
los gobiernos locales, organismos descentralizados y organizaciones no guber-
namentales, como las laborales, cooperativas y organizaciones comerciales e
industriales– que se utilizará para ejecutar el programa, adaptándolo a los
cambios de circunstancias y evaluando el progreso realizado.
La Carta de Punta del Este tiene dos títulos más: el Título
tercero, que se refiere a la integración económica de América
Latina y dicta medidas para su realización; y el Título cuarto,
que se refiere a los productos de exportación, recomendando
medidas nacionales o internacionales para aumentar los ingresos
en divisas que de la exportación se derivan.
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Después de analizar detalladamente el contenido de los
dos documentos antes transcritos hemos logrado desentrañar
el verdadero sentido del Plan de la Alianza para el Progreso.
Ahora sabemos que no se trata de una política particular del
“Grande de América”, sino del acuerdo común de todos los
Estados signatarios de la Carta de Punta del Este. Comprende-
mos que el triunfo de este plan no será el resultado del esfuerzo
de un solo país, sino que depende del esfuerzo solidario de
todos los países, puesto que la Alianza para el Progreso no
constituye una limosna del pueblo más rico de América a sus
hermanos menos ricos, sino que es un plan de trabajo que ha
unido a pobres y a ricos en el logro del bien común de todos
los pueblos.
Estudiado el asunto y por los motivos antes expuestos, es
lógico que concluyamos creyendo que una acción que compro-
mete la responsabilidad de todo un continente en el logro de tan
nobles fines tiene, forzosamente, que redundar en el beneficio de
ese mismo continente.
Solo tenemos que esperar que los representantes de los
pueblos americanos tengan muy bien definido el verdadero
significado del vocablo responsabilidad. Roguemos a Dios que
así sea.
Apéndice:
El Mercado Común Latinoamericano, artículo de Daniel
Vázquez Diago, publicado en “Cuadernos Latinoamericanos de
Economía Humana”.
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I) Generalidades
El Tratado de Montevideo, firmado en febrero de 1960,
concreta una primera realización en el proceso tendiente a la
creación del Mercado Común Latinoamericano. En la promo-
ción de esta idea ha jugado un rol primordial la CEPAL, a través
de sus estudios y proyectos. Ha sido además este organismo
técnico quien ha formulado, en definitiva, la tesis que funda-
menta la necesidad de crear el Mercado Común entre los países
latinoamericanos.
Hoy, el tema del Mercado Común desborda los cuadros de
los técnicos y de los especialistas y se abre al interés de la opinión
pública y de los dirigentes de los diversos sectores de nuestras
comunidades nacionales. Resulta pues oportuno intentar una
reflexión, lo más amplia posible, sobre este tema.
II) El porqué del Mercado Común.
Decíamos que la CEPAL es quien ha formulado con ma-
yor precisión la tesis que fundamenta el porqué del Mercado
Común. En los lineamientos generales esta fundamentación se
expresa en la forma siguiente:
América Latina afronta la imprescindible necesidad de su
crecimiento económico, de su desarrollo. Los actuales 193 mi-
llones de habitantes serán dentro de quince años 300 millones.
Luego de la segunda guerra mundial, el producto neto por habi-
tante, dentro de la región, creció a razón de un 2.7% anual, pero
este índice ha ido empeorándose después de 1955 a la fecha.
Lo que en el fondo está en discusión, frente a tales cons-
tataciones, es la veracidad de la teoría clásica del comercio
CÁTEDRAS DE DERECHO INTERNACIONAL AMERICANO
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internacional, en materia de especialización de las respectivas
producciones nacionales. De hecho se comprueba que la rela-
ción de precio de intercambio entre los países latinoamericanos
y los países industrializados, sigue una tendencia netamente
desfavorable para Latinoamérica, con la sola excepción de los
breves periodos que corresponden a los años de conflictos bélicos
internacionales.
Latinoamérica no puede pues buscar la solución de su de-
sarrollo a través del incremento de las exportaciones de materias
primas y productos agropecuarios. Su desarrollo requiere su
industrialización.
Esta industrialización no puede limitarse al sector de los
bienes de consumo, no es suficiente. El desarrollo requiere
capitalización y son bienes de capital los que América La-
tina necesita, es este sector industrial el que debe establecer
y crecer, para que esta sea posible, el Mercado Común es
imprescindible.
No puede desarrollarse una industria de bienes de capital
(maquinarias, automotores, etc.) si no cuenta con un mercado
amplio que posibilite una producción económica de este tipo
de bienes.
En forma esquemática queda así ubicado el Mercado
Común Latinoamericano como un medio necesario para el
desarrollo económico de la región y la tónica de su campo de
acción se sitúa en el de la producción de bienes de capital.
Así precisado el asunto en sus grandes líneas, se comprende
por qué el tema ha pasado a ocupar la atención de la opinión
pública. El desarrollo económico se inscribe dentro de la as-
piración de elevación de nuestros pueblos y no puede a ellos
resultarles indiferentes las perspectivas del Mercado Común y
VANESSA VEGA ACEVEDO DE BONNELLY
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paralelamente no puede tampoco dejar de preocupar la cuestión
a los responsables de la dirección política de nuestros países, así
como también a los industriales y a los empresarios.
El tema entraña un conjunto grande de problemas impor-
tantes que es preciso tener en cuenta y que nosotros trataremos
de considerar brevemente.
III) El desarrollo económico de los países latinoamericanos
La economía de nuestros países ha sido motivo de análisis
en los factores fundamentales en otros números de estos Cua-
dernos. (1)
Economías extremadamente vulnerables, dependientes de
uno o dos productos, tributarios de su comercio exterior, con
bajo índice de productividad, con una población en expansión
donde el sector activo es proporcionalmente reducido en razón
del gran volumen de población no adulta, con gran predominio
del sector primario y en especial del agro, con índice importante
de desocupación, con graves problemas de educación y alto
índice de analfabetismo, con serias deficiencias alimenticias,
habitacionales y de asistencia médica.
Transformar estas economías débiles en sólidas y expansivas
es el objeto del desarrollo económico, a efectos de promover a
los pueblos, a los grandes sectores sumidos en condiciones mise-
rables, infrahumanas, a mejores niveles de vida, posibilitando su
ascensión humana.
¿Cómo lograrlo? He ahí una pregunta no solo plena de
interés para los técnicos, sino también y fundamentalmente
repleta de la angustia y las aspiraciones de millones de hombres
y mujeres de nuestro continente.
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311
Dijimos ya que la respuesta clásica de la especialización
productiva, resultó carente de vigencia concreta en la realidad
de nuestras economías. Nuestro intercambio con los países
industrializados no ha confirmado las ventajas de la especializa-
ción internacional y ya señalamos el ejemplo que al respecto nos
brinda la relación de precios de intercambio.
Nuestros países comprendieron pronto esto y comenza-
ron una política de industrialización, fundamentalmente en
el sector de bienes de consumo, esto permitió una sustitución
de importaciones, pudiendo dedicarse las divisas producidas
por la exportación al aprovisionamiento de los renglones más
imprescindibles.
Esta política, a la que necesariamente han debido recurrir la
mayor parte de los países latinoamericanos, no ha estado exenta
de la implantación de industrias de baja productividad, cuyos
altos costos son soportados por el consumo interno.
A esta altura de la cuestión, la solución del Mercado Co-
mún viene a proponer nuevas posibilidades. Industrializar, pero
al nivel de una mayor productividad, ampliando el mercado y
permitiendo así una producción a gran escala y menor costo.
Industrializar, pero sin necesidad de abarcar todas las líneas de
productos necesarios, ya que podría lograrse una especialización
por países, según sus mejores posibilidades, compensándose
entonces las necesidades recíprocas a través de un intercambio
regional en el plano de la producción industrial.
La política de sustitución de importaciones adquiere así
nuevos cauces positivos, pudiendo contribuir en forma eficaz al
desarrollo de la región.
Más aún, el Mercado Común es propuesto como premisa
necesaria de una industrialización de la región en el sector de
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los bienes de capital y duraderos de consumo (maquinarias,
automotores, equipamiento, etc.). En este sentido el Mercado
Común aparece fundamentalmente abriendo las perspectivas
de implantación de nuevas industrias, que aportarán los bienes
imprescindibles para el desarrollo económico de la región.
¿No puede proveerse el desarrollo económico latinoameri-
cano por vías diversas a la del Mercado Común?
Veamos primero teóricamente cuáles podrían ser esas otras
vías.
a) el incremento de su producción actual.
b) la ayuda exterior.
Promover el desarrollo de los países sub-desarrollados
implica en definitiva (aunque sabemos que no exclusivamente)
capitalizarlos, es decir, dotarlos de ese conjunto de bienes de ca-
pital (preparación científica y técnica, equipamiento, maquina-
rias, etc.) que multiplican el rendimiento del esfuerzo humano,
brindando una mayor cantidad de bienes y servicios.
¿Cómo pueden capitalizarse las economías latinoamericanas?
No vemos sino esas dos vías que indicamos: aumento de la
producción actual y ayuda exterior.
IV) El cómo del Mercado Común
También la CEPAL en colaboración con otros organismos y
con grupos de expertos, ha ido definiendo las líneas sustanciales
del Mercado Común.
El esquema general es el siguiente:
El objetivo del Mercado Común es en definitiva el de con-
tribuir a acelerar el desarrollo de la región, a fin de promover la
elevación del nivel de vida de los pueblos latinoamericanos.
CÁTEDRAS DE DERECHO INTERNACIONAL AMERICANO
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Esto es proponer lograr a través de la progresiva industria-
lización, la tecnificación de la agricultura y demás actividades
primarias.
Los medios que se postulan son la creación de un sistema
preferencial para el intercambio regional y el crecimiento del
comercio exterior –tanto regional como con el resto del mundo–
por la expansión de la exportación industrial, agrícola y de otros
productos primarios.
La forma jurídica será la de una zona de libre comercio con
vistas a su transformación en una unión aduanera (que implica
una tarifa aduanera común frente al resto del mundo).
La zona se irá realizando mediante etapas sucesivas de reduc-
ción arancelaria y eliminaciones de otros tipos de restricciones,
de modo de llegar a liberalizar sustancialmente el intercambio
regional. Se proyecta como la reunión de los países que deseen
actualmente comenzar la experiencia, quedando abierta la puerta
a la incorporación de nuevos países.
Los países de menor desarrollo relativo recibirán un trata-
miento diferencial, tendiente a reforzar sus economías.
El principio dominante del Mercado será el de recíproco
beneficio de todos los países participantes en él.
La cláusula de nación más favorecida tendrá vigencia a favor
de los integrantes del Mercado frente a cualquier concesión que
efectúe uno de sus miembros a otro país perteneciente o no al
Mercado.
Un sistema multilateral de pagos deberá acompañar la
marcha del comercio inter-regional.
Se proveen cláusulas de salvaguardia frente a perturbacio-
nes que pueda sufrir un país (desocupación, desequilibrios de
la balanza comercial), acuerdos especiales para solventar tales
314
VANESSA VEGA ACEVEDO DE BONNELLY
situaciones, la necesidad de una política comercial coordinada
frente al resto del mundo, así como un común esfuerzo en el
plano de la ayuda financiera y la asistencia técnica. La situación
de la agricultura originará un tratamiento especial dentro del
funcionamiento del Mercado.
El Mercado constituye un cuadro de condiciones determi-
nadas. Como tal no es un elemento dinámico suficiente. ¿Cuáles
serán las fuerzas que actúan en él como elemento motor? Cito
para responder esta pregunta textos tomados de las “Bases para la
formación del Mercado Regional” (Reunión del Grupo de Tra-
bajo del Mercado Regional, Chile, 1958): “La especialización de
industrias y otras actividades que persigue el Mercado Regional
deberá ser el resultado del libre juego de las fuerzas económicas
dentro de las condiciones generales que establezcan el acuerdo y
sin perjuicio de orientar la política de inversiones en forma que
favorezca el mejor cumplimiento de los fines de aquel”. (base V)
“La formación del mercado regional requiere el acuerdo
de los gobiernos. Pero su realización dependerá en alto grado
de la iniciativa privada, de su comprensión del problema y de
su aptitud para aprovechar las enormes ventajas que el merado
regional ofrece para la industrialización, la tecnificación de la
agricultura y el desarrollo económico general”. (base XII)
Y finalmente un párrafo del informe de Secretaría Ejecutiva
sobre “Significación del Mercado Común en el desarrollo eco-
nómico de América Latina”.
“La solución concreta a que se ha llegado después de cui-
dadoso análisis, se asienta en este principio fundamental: los
gobiernos participantes deberán crear las condiciones propicias
para que la iniciativa privada actúe eficazmente dentro del
Mercado Común. Se eliminarán las restricciones al intercambio,
CÁTEDRAS DE DERECHO INTERNACIONAL AMERICANO
315
se reducirán o suprimirán derechos aduaneros, pero será la ini-
ciativa privada la que en última instancia decidirá qué industrias
establecer, en qué países hacerlo y a qué grado de especialización
se llegará en ellos”.
En síntesis el Mercado Común resulta ser un conjunto de
condiciones establecidas por los gobiernos como estímulo para
un crecimiento económico a cargo de la iniciativa privada.
Terminemos este bosquejo del cómo del Mercado Común,
con esta cita de la exposición del Sr. Raúl Prebisch (Panamá
1959):
“He insistido más de una vez que hay una fórmula simple en mate-
ria de Mercado Común. Desgraciadamente no estamos en presencia
de un problema que cabría resolver de una vez por todas con una
fórmula afortunada. Nuestra convicción es que no podrá llegarse
a una fórmula de esa índole, sino que lo más y lo muy valioso que
podríamos sostener es una serie de instrumentos, entre ellos el
instrumento de carácter preferencial para el intercambio latinoame-
ricano, que permita a los gobiernos ir trabajando paulatinamente
hacia la realización de este objetivo fundamental.
Puestos en manos de personas que no estén persuadidas de las ne-
cesidades vitales del Mercado Común, esos instrumentos llevarían
al fracaso y ello quiere decir que deberán supeditarse al cumpli-
miento de una política extremadamente difícil, hay que confesarlo
desde ahora. No será fácil la realización del Mercado Común, como
tampoco lo serán el logro de un sistema multilateral de pagos en
América Latina, ni la tarea de ajustar las relaciones comerciales lati-
noamericanas, con las relaciones con los demás países del mundo”.
V) La Zona de Libre Comercio
En esta introducción que vamos haciendo al tema del
Mercado Común, hemos necesariamente de agregar una breve
VANESSA VEGA ACEVEDO DE BONNELLY
316
referencia a la etapa cumplida mediante el Tratado de Mon-
tevideo, que crea la Zona de Libre Comercio y la Asociación
Latinoamericana de Libre Comercio.
No vamos a reiterar aquí el contenido del tratado, ya que su
texto se encuentra en otra parte de este Cuaderno, nos interesa
solamente dejar constancia de la solución concreta que implica
dicho tratado del proceso de implantación del Mercado Común.
El antecedente más inmediato de la zona de libre comercio
de la América del Sur lo constituyen las reuniones de consultas
sobre Política Comercial, tenidas en Santiago de Chile (agosto
1958 y abril 1959) con participación de Argentina, Brasil, Chile
y Uruguay. La idea de zonas de libre comercio sub-regionales,
de integraciones parciales, se vio en dichas reuniones como una
efectiva posibilidad de avanzar hacia la integración total de la
región en el Mercado Común.
Algunos países no participantes en las negociaciones de la
Zona de Libre Comercio han formulado objeciones en el sentido
de que la misma pueda transformarse en un impedimento a la
integración total de Latinoamérica en el Mercado Común.
Tales objeciones han sido rechazadas por los países parti-
cipantes en el acuerdo, como también por la propia Secretaría
de la Cepal. Se ha afirmado categóricamente el carácter abierto
del acuerdo, el deseo de que los demás países se integren en él,
así como la intención de incorporarse a un acuerdo más am-
plio sobre las bases que los gobiernos latinoamericanos logran
establecer.
Queda así establecido el carácter de etapa transitoria, hacia
una integración más amplia, que estos acuerdos sub-regionales
pretenden ser. En tal sentido el Tratado de Montevideo contiene
una declaración expresa en su artículo 54.
CÁTEDRAS DE DERECHO INTERNACIONAL AMERICANO
317
Podrá además apreciarse que las líneas generales de la zona
de libre comercio creado por el tratado que comentamos, son
conformes a los lineamientos del Mercado Común, tal como se
señala en el apartado IV (El cómo del Mercado Común).
VI) Conclusiones
Hemos buscado en lo precedente de ir señalando el con-
junto de elementos que nos permitan formar un criterio frente
al problema del Mercado Común. Demás está decir que nos
hemos limitado a destacar los puntos más importantes dejando
de lado un sinnúmero de elementos –algunos técnicamente muy
complejos– pero que no alteran las líneas generales de la cuestión
propuesta.
Ya en otros cuadernos hemos tenido oportunidad de ir
estudiando el problema demográfico y la estructura económica
de Latinoamérica. En particular al tratar las características del
comercio latinoamericano.
Señalábamos en forma genérica los inconvenientes, los
factores adversos, que era necesario superar para llegar al Mer-
cado Común. Nos hacíamos entonces, como resumen de una
inquietud que nos preocupaba, esta pregunta: “¿Hasta dónde el
proceso social y económico de los países latinoamericanos posi-
bilita un Mercado Común?” Aclaremos el sentido de la pregunta
a través de algunas consideraciones:
Estamos convencidos que teóricamente no tiene Latinoa-
mérica otra salida para su desarrollo económico que el Mercado
Común; nuestra duda versa sobre la capacidad efectiva y real de
implantar tal mercado. Nuestra duda se refiere a capacidad de los
países latinoamericanos de llevar a cabo la empresa del Mercado
VANESSA VEGA ACEVEDO DE BONNELLY
318
Común. Compartimos el objetivo final que se asigna al Mercado
Común (la elevación del nivel de vida de los pueblos del conti-
nente a través de la aceleración del desarrollo de la región), pero
creemos que no se ha entrado a fondo en la consideración de las
fuerzas motoras de la empresa del Mercado Común.
Vimos ya que, en las reuniones y en los documentos oficia-
les de la Cepal, el rol motor se entrega a la iniciativa privada; se
confía al “libre juego de las fuerzas económicas”.
Creemos que con tales afirmaciones escamotea gran parte
del problema, del problema que se conecta con la interrogante
que dejamos antes planteada.
Sabemos que la empresa del Mercado Común, en su di-
námica implica una tarea de promoción del bien común conti-
nental que el sistema capitalista latinoamericano no es capaz de
cumplir. Porque no tenemos suficiente cantidad de empresarios,
porque en nuestro ambiente atrae dominantemente la especula-
ción frente a la producción, porque no podemos ser tan ingenuos
de creer que los trusts internacionales nos permitirán tal tarea.
La puesta en valor del continente africano ha sido encarada
de muy diversa manera, ¿es que puede confiarse al empresario
privado la promoción de los países sub-desarrollados, a esta
altura de la coyuntura internacional?
En definitiva, ¿en qué desemboca nuestra duda fundamen-
tal con respecto a la empresa del Mercado Común?
Dice Myrdal que la tarea del desarrollo económico es impo-
sible, agregando que: “Debe hacerse, sin embargo, una reserva
para lo imponderable: la fe y devoción de sus líderes intelectuales
y políticos”. Y más aún, “la esperanza de desarrollo económico
de los países sub-desarrollados depende mucho de que el Estado
pueda planear, dirigir y aun invertir y producir”.
CÁTEDRAS DE DERECHO INTERNACIONAL AMERICANO
319
C. Dávila, en la obra ya citada, escribe: “No cabe duda que
los pueblos de la América Latina están listos para una federación
y siempre lo han estado. Un plebiscito libre expresaría este ínti-
mo anhelo. Tal plebiscito, desde luego, tendría que ser libre de
intervención gubernamental, de maquinaciones de los políticos,
de engaño demagógico y de pasión de los intereses creados.
Naturalmente, esto es imposible. Tal libertad no existe”.
La empresa del Mercado Común necesaria e imprescindible,
se juega en definitiva en el plano de los gobiernos latinoamerica-
nos y es allí donde no descubrimos la calidad política necesaria
para afrontar tal empresa.
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