WikiLeaks, corrupción, drama, comedia

 
EXTRACTO GRATUITO

WikiLeaks y corrupción: ¿drama o comedia?

José Luis Taveras

"Para los que nos estigmatizan, para los que dicen no leernos y para los que haciéndolo les falta humildad en darnos la razón. Al final, las mismas mediocridades". Le Monde Diplomatique.

Según la encuesta Gallup-Hoy, publicada el 23 de agosto de 2007, 57 de cada 100 dominicanos se irían del país si tuvieran la oportunidad para hacerlo. Esta proporción sobrepasó, en la ocasión, el 60% de los entrevistados en las regiones Este y Sur.

Cuatro años después, tal percepción se agudiza por el lastimero deterioro de la vida en una nación institucionalmente insolvente. Los hijos de la exclusión social son cada vez más, condenados de forma inexorable a tres decisiones existenciales: desafiar la temeridad del mar Caribe, arrebatar en la calle lo que el sistema les niega, o depender de la gracia divina, convirtiendo su vida en un milagro cotidiano. Lo peor es que mientras crece la fortuna de pocos se agota la paciencia de muchos, en un país más pequeño que sus inmensas distancias sociales.

Poco a poco, como gota, los miserables dominicanos, huérfanos de conciencia para reconocer su propia dignidad, están despertando y cuando la furia del hambre les arrebate la paciencia no habrá discurso político que detenga la avalancha de sus instintos. Sobre este polvorín se erige un sistema político corrompido hasta sus entrañas, que se revalida por la impunidad negociada cada cuatro años.

"Yo no toco a presidentes" dijo Hipólito Mejía al llegar al poder. Para Leonel Fernández la corrupción es un mal de todas las democracias y "en la nuestra se trata de simples actos aislados, no de un fenómeno sistémico". Danilo Medida, que hace magia para separase éticamente del gobierno, no tiene más respuesta que la impotencia, al admitir que "la corrupción es un mal que arropa a toda la sociedad". Ese es su gran handicap, a pesar de sus acertadas propuestas. Y es que el sol del Caribe es muy grande para taparlo con un dedo, más cuando el círculo de funcionarios percibidos como los más corruptos pone tempranamente sus botines al servicio del candidato oficialista. Danilo Medina sufre así la quiebra moral de su gobierno, condición que electoralmente pesa más en sus aspiraciones que sus estupendas condiciones de candidato o el horror que para muchos significa ver a Papá como presidente. Así, su enemigo real no es Hipólito Mejía sino el lastre de los millonarios más infames del gobierno que hacen ostentación irritante del poder económico sin castigo.

Cualquier esperanza se evapora cuando en doce años de ejercicio de un gobierno de ascendencia democrática el director del Departamento de Prevención de la Corrupción Administrativa (DPCA) Otoniel Bonilla tira la toalla al reconocer por cuarta vez que el 95% de los casos de corrupción se diluye y que el ordenamiento judicial está concebido solo para juzgar los delitos de los descalzos. Frente a ese drama, la República Dominicana no baja un punto en todos los barómetros de medición de la corrupción pública.

Mientras el liderazgo nacional claudica, la valoración social de la justicia dominicana eclipsa una de las reformas más elogiadas en el continente. Esta percepción de desesperanza se afianza.

La encuesta Gallup-Hoy publicada en mayo de este año revela que el 63% de los ciudadanos tiene la percepción de que en este gobierno hay más corrupción ahora que antes. Desde agosto de 2007 ha ido creciendo vertiginosamente la creencia de que la corrupción es mayor en el momento en que se aplica el cuestionario, pues, de un 50% que se expresó en esos términos en la referida fecha, se dio un salto a un 64% en 2009 y a un 67% en 2010. El pasado año, la encuesta Gallup-Hoy publicada a finales de junio indicó que para un 85.8% de los encuestados la impunidad ocurre muchas veces. Estas cifras se mantienen congeladas y nadie hace nada para revertirlas, más que la manipulación política del "robómetro", parámetro de nuestra cultura electoral que mide quién robó más o menos para merecer la gracia del poder.

Una sociedad díscola en sus objetivos de desarrollo, frustrada en sus aspiraciones de cambio y cansada de un modelo político rancio, cuestiona todas sus instituciones, y pierde así una valiosa perspectiva de futuro. Y nos es para menos, los escasos referentes morales se desploman y la calidad de vida se degrada en un sistema donde todos están ocupados en problemas de subsistencia primaria conscientes de que el Estado poco o nada puede hacer por la mayoría.

La única esperanza cierta es que, a pesar de la conformidad de muchos, todavía queda encono social en contra de la impunidad y la suficiente conciencia de que esta situación de anomia social debe cambiar aunque no se sabe cómo.

La resistencia digna a la impunidad valida con entusiasmo cualquier forma de sanción moral a la corrupción. Así, cuando el Ministerio Público no actúa en contra de su propio gobierno o la justicia pocas veces encuentra pruebas, se legitiman mecanismos informales de descalificación de la corrupción. Uno de ellos es la denuncia social a través de los medios de comunicación. El problema es que quienes los controlan son en su mayoría grupos económicos con intereses especiales establecidos sólidamente en los gobiernos; otros hacen de ellos inversiones no redituables pero estratégicas para presionar o condicionar acciones o políticas gubernamentales o crear percepciones públicas a su favor o en contra de su competencia. Puro negocio sin trascendencia social. Otra arista más de la corrupción. Así, se pueden contar con una mano los medios independientes.

Ante la inacción e ineficacia de los órganos con competencia legal, la sanción a la corrupción es simbólica, moral y de base social. Asume modalidades tan primitivas como el rumor público o formas más institucionales a través de denuncias al viento de las pocas organizaciones de la "sociedad civil". Lo de las comillas es absolutamente literal e intencional, porque bajo este concepto, cada vez más ambiguo, se cobijan "fundaciones", que a pesar de sus apariencias inocuas responden a intereses conocidos para legitimar agendas o "lavar" el lobismo empresarial.

Frente a la indefensión ciudadana, la denuncia, cierta o no, de la corrupción excita al morbo popular constituyéndose en arma de venganza emocional por la desatendida necesidad de justicia. Por eso la población disfruta al máximo las escaramuzas o las tramas circenses de procesos judiciales expiatorios a la espera de su conocido desenlace: el internamiento clínico de los imputados, la inacción del Ministerio Público, la dilución del tiempo o la aparición de un decreto de indulto. Fin de la historia.

EL VALOR ÉTICO DE LA VISA AMERICANA:

La República Dominicana ha sido uno de los pocos países de América Latina intervenido militarmente en dos ocasiones por los Estados Unidos. Este trauma intervencionista ha generado históricamente escasas simpatías a las políticas de Washington en el país, muy especialmente a las opiniones de los embajadores americanos sobre temas domésticos. Los ha habido de todo tipo: algunos muy mandones, como Donna Jean Hrinak, embajadora de 1994 a 1997. Su recio temperamento y activismo le acreditaron una carrera diplomática muy exitosa en Brasil (20022004), Venezuela (20002002) y Bolivia (19972000); otro fue Charles Taylor Manatt (1999-2001), quien con su afable estilo diplomático acumuló afectos y simpatías a pesar de su corta estancia. Pero el embajador menos querido ha sido definitivamente Hans Helmut Hertell (2001-2007)...

Para continuar leyendo

SOLICITA TU PRUEBA