¿Drama fiscal o social? y los empresarios ¿qué?

 
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"¿Drama fiscal o social?… y los empresarios ¿qué?"

José Luis Taveras

El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo... "Gabriel García Márquez".

Al que opina sin mucha responsabilidad le resulta cómodo imputar todos nuestros males a la clase política. Pocos quieren asumir los riesgos o costos de criticar el rol del empresariado en la construcción de la nación que le reclamamos a los gobiernos. Blandir la espada en contra de los que hacen y viven de la política es la más amparada excusa para legitimar juicios, posiciones y hasta intereses, como si en la acera opuesta habitaran seres celestiales.

Ciertamente nuestra dirigencia política no ha hecho nada meritorio para liberarse de ese rancio estigma. Si bien esta mala percepción de los políticos nos lleva del puesto 126 en el 2010 al 138 en el 2012 de un total de 144 países del mundo analizados por el Índice Global de Competitividad del Foro Económico Mundial, quienes concentran los medios económicos no pueden eludir su responsabilidad solidaria en la marcha y destino de una de las naciones más desiguales del mundo. De manera que, como afirmó recientemente el presidente ecuatoriano Rafael Correa, los políticos son lo que la clase empresarial quiere que sean; o parafraseando un aforismo coloquial: "dime quién es el político y te adivinaré el empresario".

Evaluar el desempeño empresarial en el desarrollo institucional del país no precisa de enjundiosas crónicas históricas por dos razones fundamentales. Primeramente, porque nuestro gran empresariado es relativamente joven, ya que desde el 1930 y hasta el 1960 Rafael L. Trujillo convirtió su absolutismo político en un modelo económico monopólico, limitando virtualmente todas las oportunidades a la inversión privada, reducida en menos de un 40 % en la emergente industria de la época. Esta era una de las pocas actividades en manos privadas, aparte de la producción agrícola y del comercio de mercancía y consumo en los escasos centros de la era. En segundo lugar, la configuración de nuestra economía ha sido históricamente oligopólica, concentrándose la producción y comercialización en un grupo muy exiguo de oferentes. A pesar de la expansión de las Pymes, cuyo aporte conjunto al producto interno bruto (PIB) de hoy representa algo más del 45 %, su fuerza económica no ha tenido expresión política relevante, por su dispersión, diversidad y marginalidad; el poder fáctico sigue en manos de las grandes corporaciones tradicionales a través de sus flamantes representaciones institucionales.

A partir del derrumbe del régimen trujillista, muchas de sus empresas, y aun las eufemísticamente consideradas como estatales, fueron desmembradas o depredadas por la corrupción o sufrieron la quiebra inducida por familias empresariales que quisieron y lograron el monopolio de sus actividades económicas.

Con la apertura de la democracia, el sector industrial resultó beneficiario de un régimen de protección basado en un modelo de sustitución de importaciones que le permitió crecer y acumular capitales sin la amenaza de la competencia extranjera. Este ordenamiento permaneció congelado durante algo más de treinta años, sustentado en leyes de incentivo fiscal y de restricciones a la inversión extranjera.

A mediado de la década de los noventa, la economía dominicana entra en un franco proceso de integración y liberalización que abrió sus puertas al comercio internacional y al desarrollo de la competencia como valor. Es entonces cuando la competitividad se convierte en llave para entrar y sobrevivir en un mercado de amplia oferta y calidad, realidad nunca vivida o "soportada" por un empresariado acostumbrado a los mimos del paternalismo estatal. Los sobrevivientes de este proceso de conversión económica abandonaron la producción y optaron por la importación; otros, más audaces, se aliaron al capital extranjero y los menos subsisten precariamente como reductos de un añorado pasado de gloria. Hoy la economía dominicana es de servicios y abierta; ha perdido sensiblemente su capacidad exportadora. Nuestra balanza comercial, además de endémicamente deficitaria, revela una dependencia casi única del mercado estadounidense.

No obstante los cambios, la concentración del mercado sigue siendo uno de los perfiles más destacados de nuestra economía, que ocupa, en este renglón, el puesto número 139 de 144 países del mundo...

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